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Los alcances de la paideia isocrática frente a la formación platónico-aristotélica
Contenidos: I. . Palabras preliminares II. Cronología de las Obras de Isócrates. III Isócrates. Paideia. Crítica a la educación de sus contemporáneos. Fundamentos de su educación. Paideia isocrática. Supremacía de la retórica en la paideia isocrática. Estilo de la retórica isocrática. ¿Somos herederos de la paideia isocrática? IV. Platón paideia Proceso gnoseológico. Reminiscencia. Características de filósofo. Oralidad. Dialéctica. V. Aristóteles y la retórica. Isócrates y la génesis de la retórica aristotélica. Retórica y paideia aristotélica. VI. Isócrates. Filósofo. VII. Palabras Finales. Bibliografía I .Palabras preliminares Desde el 431 a.C. – en verdad el comienzo de la Guerra del Peloponeso – hasta el 31 a.C. – en los comienzos de la época de Augusto – se la conoce como la época de las perturbaciones de la civilización helénica. Durante el primer cuarto del siglo IV, asumió finalmente la educación griega su formación definitiva. Esto es en gran medida por obra de dos grandes maestros: Platón – 437 a.C. 348 a. C. – por un lado, e Isócrates – 436 a.C. 338 a.C. – por el otro. La importancia histórica de ambas escuelas ha sido mucho mayor que las restantes: ellas fueron las que establecieron un programa, un contenido y el ideal de la educación helénica. Isócrates estableció su escuela en el 393, Platón fundó la Academia en el 387. Fue Platón quien desarrolló y dio su forma final a la teoría de las ideas como "formas", modelos o ideales, eternos inmutables y totalmente independientes del pensamiento humano. Creía que el conocimiento verdadero es el conocimiento de las ideas como principio inmutable de las cosas y que el conocimiento más elevado es el conocimiento de la idea suprema: la idea del Bien. Contrariamente a Platón, y a la base de su enseñanza, Isócrates sostenía que el "conocimiento", en el sentido estricto que le daba Platón a esa palabra, no era posible: que lo mejor a que puede llegar un hombre es a poseer una "opinión justa". Los hombres tienen que obrar, y no que filosofar, por lo tanto, sobre la base de una "opinión justa", al hombre educado, frente a situaciones concretas, reales, le será suficiente. El ideal que Isócrates dejó como legado fue particularmente literario; el de Platón fue, en cambio, filosófico. Con su ejemplo, y con su enseñanza, Isócrates contribuyó con mucho a un ideal de cultura personal propia literaria – es decir "oratoria" –. Sin haber gozado del favor de los filósofos y de los eruditos , nadie puede negarle sin embargo su verdadero amor y dominio de la lengua, así como el peso de sus enseñanzas en las siguientes generaciones, sin necesidad de llegar a Marco Tulio Cicerón. Hoy en día, la puja no se ha cerrado: no se trata de situarse en la posición de Marrou, o en la de Burnet, o en la de Ernest Baker, Chatelet, ni tampoco en la de Gómez Robledo, por ejemplo. Más acertados parecen los términos de Jaeger y por último, las atinadas reflexiones de Pfeiffer, que citamos. Es cierto que el enfrentamiento entre la paideia isócrática y la paideia platónica fue el primer momento de la enconada lucha que aún no concluyó, entre una educación liberal o clásica y otra más reciente técnica o científica. II. Cronología de las obras de Isócrates. Se conservan de Isócrates el siguiente material: veinte discursos y nueve cartas. Discursos
En cuanto a las cartas, se conservan nueve, que son las siguientes:
III. Isócrates. Paideia Crítica a la educación de sus contemporáneos. Especialmente en Contra los Sofistas, escrito al abrir su escuela en Atenas, alrededor del 393 a.C., dirige su crítica a la educación que éstos impartían, puntualizada en la falta de principios éticos y en la enseñanza de la elocuencia política a través de las reglas de los libros de retórica. El Argumento de un Gramático Anónimo que nos introduce en el discurso mencionado, resulta interesante en su aclaración de las tres acepciones del término "sofista": "así llamaban "sabio" a lo verídico y a lo bello; por eso Platón llama filósofo a la causa primera, que ama lo verídico y lo bello [...] Pero también llaman "sofista" al maestro de retórica, al que enseña discursos retóricos. Y asimismo también consideran "sofista" a quien disfraza la verdad, que es precisamente al que se refiere Isócrates". La crítica moral de Isócrates se centra, por una parte, en las promesas de estos maestros, que resultan imposibles de cumplir. En efecto, publicitan su enseñanza de desmedidas pretensiones, por una pequeña ganancia, lo cual revela un premeditado engaño, exigiendo además a personas como fiadores para asegurarse su cobro. De estas promesas engañosas, critica además, que relacionen la educación en forma directa con la felicidad y la virtud individual, sin preocuparse por la felicidad y la virtud de la ciudad. La crítica de la educación política que imparten quienes se llaman a sí mismos maestros de la elocuencia, que realiza Isócrates, resulta más contundente que la anterior, no escatimando gruesos calificativos como "estúpidos" para quienes "aportan una técnica fija como ejemplo de una actividad creadora" . Isócrates realiza una distinción oponiendo a los signos gráficos, invariables e iguales, la virtud de la palabra viva, posible de ser variada y usada según la oportunidad lo requiera, trascendiendo el carácter de mera copia de reglas fijas. Rechaza por lo tanto un conocimiento profesional o técnico para propulsar, como veremos más adelante, una educación del hombre "por el lenguaje como palabra pletórica de sentido, referida a los asuntos que son fundamentales para la vida de la comunidad humana y que los griegos llamaban "los asuntos de la polis". Resulta interesante en este punto la opinión, tanto de Kennedy como de Reyes, respecto a que habría pistas en Quintiliano, Plutarco, Demóstenes y Aristóteles, según las cuales Isócrates habría escrito un libro de retórica que ya en época de Cicerón se habría perdido. Quizá a pesar de sus críticas a los manuales, consideró la necesidad de que sus alumnos comprendieran las convenciones generales de la oratoria, si bien en su Antídosis, ofrece sus propios discursos como modelos para quienes se mueven en el campo de la ciencia y la educación. Pero junto con la crítica isocrática a la educación de los sofistas, aparece una clara desestimación de la educación que imparten quienes se dedican a las preguntas y a las respuestas: los llamados dialécticos. Su influencia, si bien considerada menos perjudicial que la de los primeros, dado que: "exponen unos discursitos con los que caería en todos los desastres quien persistiese en su práctica, al menos prometieron en ellos la virtud y la prudencia, mientras que aquellos, invitando a hacer discursos políticos, se olvidaron de todo lo bueno que hay en ellos y se propusieron ser maestros de indiscreción y codicia". El rechazo a los dialécticos, cuyos representantes eran Platón y sus discípulos, lo realiza Isócrates en dos cuestiones: la primera, la imposibilidad de la enseñanza de la virtud para quienes no tienen una disposición natural; la segunda la imposibilidad del cumplimiento a sus promesas de acceso a la verdad, dado que la verdad no es nunca, para Isócrates, un atributo del conocimiento humano. Fundamentos de su educación Parte de una concepción antropológica netamente dualista, reconociendo: "que nuestra naturaleza se compone de cuerpo y alma. De ambos elementos nadie podría negar que el alma es por naturaleza más capaz de dirigir y más excelsa. Porque es tarea suya deliberar sobre los asuntos privados y públicos y la del cuerpo ejecutar lo decidido por el alma". En estas ideas no revela Isócrates originalidad alguna, dado que eran patrimonio no sólo de los filósofos contemporáneos, sino que se remontan a la herencia de la más antigua tradición, según la cual la misión directriz del alma comprende especialmente el control de las pasiones y, en la medida que se va gestando el logos, será también el activismo del alma el que permita el acceso al conocimiento. Dentro de la esfera ética, postula la necesidad de que cada hombre pueda ejercer su propio gobierno, y así, cuando aconseja a Nicocles acerca de cómo gobernar, señala como lo más propio de un rey el no ser esclavo de ningún placer, sino dominar las pasiones más que a los ciudadanos. A lo largo de todos sus discursos resalta en forma permanente el valor de la justicia y de la prudencia, apelando a que su ejercicio asegura el control de la propia conducta y la equidad en las relaciones sociales. Ejemplifica con su propio autocontrol al referirse en Nicocles, en clara alusión al círculo de Platón, que si bien ha observado a quienes son dueños de sí mismos en algunos asuntos, resulta que, en las pasiones que suscitan los muchachos y las mujeres, son vencidos aun los mejores, por lo cual él se ha mantenido firme en estas cosas, para distinguirse no sólo del pueblo, sino de aquellos a que se enorgullecen con la virtud. Continuando con sus consejos a Nicocles, pasa al campo político y establece como requisitos del orden social: las leyes, la libertad de expresión y el volver la mirada sobre el legado de los antiguos poetas. Así, las leyes deben ser justas y concordantes, de rápida aplicación para evitar las largas disputas entre los ciudadanos. La libertad de expresión y el ejercicio de la justicia entiende Isócrates que se revela en la atención y cuidado de todos los ciudadanos, ya que está probado que cualquiera sea la clase de gobierno en el poder, dura más tiempo aquella que cuida mejor al pueblo. Como parte misma de la política aconseja la piedad hacia los dioses de los antepasados y reconoce el valor de las enseñanzas de Homero, Hesíodo, Teognis y Focílides, así como la actualización de los viejos mitos realizadas por los trágicos. Descarta cualquier clase de abstracción metafísica y gnoseológica con palabras contundentes de un claro pragmatismo, previniendo sobre no encallar en abstracciones absurdas como: "en las palabras de los sofistas antiguos, de los que uno dijo que es infinito el número de seres, Empédocles que eran cuatro, y entre ellos había odio y amor, Ión que no eran más de tres, Alcmeón sólo dos, Parménides y Meliso uno, y Gorgias que no había absolutamente ninguno. Creo que estas extrañas teorías son iguales a las prestidigitaciones, que no sirven para nada y hacen formar círculo a los ignorantes. Quienes quieran hacer algo provechosos deben quitar de todas sus ocupaciones las palabras vanas y las acciones que nada aportan a la vida". De esta manera, para Isócrates, no corresponde a la naturaleza humana, ni la búsqueda de la verdad ni la adquisición de la ciencia. Esta posición, que podemos calificar de escepticismo gnoseológico y que es el punto en el cual Isócrates se acerca más a los sofistas, se encuentra más mencionada que fundamentada. Probablemente la intensidad del pragmatismo que profesó le impidió legarnos una explicación menos superficial acerca del por qué no podemos acceder a la verdad, salvo en que no es propio de nuestra naturaleza humana. En contraposición a todo racionalismo abstracto, remarca en su Antídosis: el valor, la doxa y la frónesis, que vincula a las acciones concretas, donde una correcta opinión y una inteligencia práctica ayudarán a lograr lo conveniente, lo útil y lo oportuno. Así como individualmente no podemos abrazar como meta la posesión de la ciencia, tampoco es posible, en el curso de los acontecimientos sociales, guiarse por pautas fijas, sino que en cada caso se propiciarán las acciones más apropiadas. Cabe resaltar en este punto que mantuvo siempre Isócrates una clara oposición a las guerras internas y que fomentó un panhelenismo a ultranza, si bien eligió en el curso de su vida, a distintas personas para llevar a cabo estos ideales. Como expresa Pfeiffer, "por primera vez se proclama, de forma completamente consciente, la unidad cultural de los griegos en esta famosísima frase [...] que presagia un lejano futuro": "Nuestra ciudad [...] ha conseguido que el nombre de griegos se aplique no a la raza, sino a la inteligencia, y que se llame griegos más a los partícipes de nuestra educación que a los de nuestra misma sangre". Paideia isocrática Su pedagogía subyace en todos sus discursos, se explicita en algunos, pero no alcanza una presentación metodológica mediante la cual podemos tener en concretamente en claro, los ciclos y el contenido que impartía en su paideia, lo cual ha dado lugar a distintas interpretaciones por parte de los investigadores que analizan su legado en este punto. Es cierto que queda claro la importancia de la educación y el estudio, que es lo que más puede beneficiar a nuestra naturaleza y que las capacidades naturales son determinantes respecto al ejercicio de las virtudes, rechazando Isócrates la postura socrático-platónica acerca de la enseñanza de los valores morales: "Y que nadie piense que yo digo que la justicia es cosa enseñable; pues, en general, creo que no existe ciencia alguna que inspira la prudencia y la justicia a los que han nacido mal dispuestos par la virtud. Pero no dejo de creer que el estudio de los discursos políticos anima y ejercita muchísimo". Es requisito, por lo tanto, que el discípulo tenga una predisposición natural hacia los hábitos virtuosos, predisposición que podrá incrementar dentro de la esfera familiar primero y en una estrecha relación con el maestro después. Isócrates aconseja a los padres la enseñanza de la obediencia, resaltando que esta enseñanza debe tener un carácter práctico, es decir, demostrando con acciones cómo deben ser los hombres buenos. Cabe señalar la importancia que da a una educación basada en el amor afirmando en Nicocles que el mayor y más justo tesoro que se puede dar a los hijos es el afecto. Según afirma en su Antídosis, los ciclos de la enseñanza que impartía implicaban una convivencia maestro-discípulo de alrededor de tres o cuatro años, al cabo de los cuales las despedidas eran siempre tristes y sin reproches. Su dualismo antropológico tiene como correlato en el campo de la educación, apuntar a la destreza de la educación física para el cuerpo y a la filosofía para el alma, entendiendo que ambas materias tienen una correspondencia estrecha para el logro de un cuerpo más útil y un alma más sensata: "cuando reciben discípulos, los profesores de educación física les enseñan las posiciones inventadas para el ejercicio gimnástico y los de filosofía explican a sus discípulos todos los procedimientos que utiliza el discurso. Después de haberles dado a conocer esto y tras examinarles minuciosamente, de nuevo les adiestran en ellos y les obligan a acostumbrarse al trabajo y a repetir cada cosa de las que aprendieron, para que las retengan con más firmeza y sus conocimientos se ajusten mejor a las circunstancias. [...] Al preocuparse de este modo, ambas clases de maestros pueden hacer avanzar a los alumnos en su educación hasta que llegan a ser mejores que ellos mismos y tener unos mejor inteligencia, otros más aptitudes físicas. Pero ni unos ni otros pueden conseguir aquella ciencia que haga atletas a quienes quieren ni oradores capaces, sino que contribuyen en parte, pero esas capacidades completas surgen en quienes destacan por sus condiciones naturales y por su dedicación". Sintetizando, entiende Isócrates que se requiere básicamente, estar bien dotado para la educación, para luego recibir la enseñanza apropiada y dedicar tiempo a la ejercitación de los conocimientos. A la gimnasia del cuerpo y del alma deben sumarse, en la juventud temprana, el aprendizaje de los conocimientos de los antepasados, centrados en la gramática y la literatura, pero que incluyen también la geometría, la astronomía, música e historia. En este último punto, la paideia isocrática resulta verdaderamente innovadora, al aconsejar el conocimiento de los hechos del pasado, tratándose seguramente, de "un reflejo del progreso de la cultura contemporánea, la cual incluía en sus dominios la obra de los historiadores y promovía a Heródoto y Tucídides a la categoría de clásicos". Todo este ciclo de estudios detallado era considerado como introductorio a la filosofía definida como el conocimiento de los procedimientos relativos a los discursos, lo cual constituía el ciclo superior estudios. "Esencialmente, Isócrates fue un profesor de elocuencia ", un arquitecto de la palabra para el cual el hablar con propiedad era: "la mayor prueba de una buena inteligencia, y una palabra sincera, legítima y justa es imagen de un alma buena y fiel". Supremacía de la retórica dentro de la paideia isocrática Como ya expresamos, Isócrates funda su pensamiento en una consideración epistemológica: la verdad es inaccesible al hombre. Partiendo de este punto, se sitúa en el terreno de la doxa, tal lo expresado en su Antídosis: "Puesto que la naturaleza humana no puede adquirir una ciencia con la que podamos saber lo que hay que hacer o decir, en el resto de los saberes considero sabios a quienes son capaces de alcanzar lo mejor con sus opiniones, y filósofos a los que se dedican a unas actividades con las que rápidamente conseguirán esta inteligencia". Debiendo prescindir de la verdad, el hombre puede orientarse por las opiniones de los mejores, de donde deriva la importancia de la disciplina histórica en su paideia. Pero lo decisivo para la formación del hombre virtuoso, es la educación retórica: "...Por nuestra parte, debéis saber que los médicos han encontrado muchos remedios de todo tipo para las enfermedades del cuerpo, pero que para las almas ignorantes y cargadas de deseos no hay otro remedio que el discurso..." La educación retórica es tan importante para Isócrates, porque considera que lo que distingue al hombre del animal, es la palabra. Es a través de ella que el hombre a abandonado la vida salvaje para establecerse en comunidad, fijando leyes; por ella descubrió, luego, las artes; con ella puede refutar a los malvados y educar a los ignorantes, como también examinar lo desconocido. La palabra, por último, configura el espíritu del hombre virtuoso a través de los discursos. Así, por medio de la educación retórica puede el hombre adquirir la capacidad de vivir, capacidad que cada uno debe ir construyendo sobre su propia experiencia, por un ejercicio cotidiano. Esta práctica, requiere como base indispensable, ciertas aptitudes innatas del discípulo: "Decimos que quienes quieran destacar en la oratoria, en la acción o en otras actividades precisan, en primer lugar , estar bien dotados para aquello que han elegido [...] Pero si alguno [...] me preguntara cuál de estos requisitos es el más eficaz para el aprendizaje de la retórica, le respondería que el requisito de las cualidades naturales es imprescindible y el que más se destaca de todos". Sobre estas cualidades naturales, el maestro desarrollará la segunda de las condiciones, la tarea educativa, para alcanzar la tercera condición, la práctica del conocimiento. En estas consideraciones se acerca Isócrates a los postulados de los sofistas, estableciendo según Jaeger una "relación dentro los tres factores que son la base de toda educación, según la pedagogía de los sofistas: la naturaleza, el estudio y la práctica". Sin embargo, se distancia de aquéllos al resaltar como fundamental la relación mutua entre los que enseñan y los que aprenden, mediante la cual podrán los ciudadanos saber qué hacer ante cada situación, relación que descarta toda enseñanza mecánica basada en los textos de retórica de amplia circulación, tanto en lo concerniente a la virtud como en lo referente a los discursos políticos: "Porque, ¿quién no sabe, salvo ellos, que los signos gráficos son invariables y permanecen siempre igual, de forma que seguimos siempre usando los mismo para lo mismo, y, en cambio, a las palabras les ocurre todo lo contrario? [...] Y la mayor prueba de su diferencia es la siguiente: que los discursos no pueden ser hermosos si no se dan en ellos la oportunidad, lo adecuado y lo nuevo, y en cambio a los signos gráficos nada de esto les hace falta. Por eso sería mucho más justo que los que se sirven de ejemplos semejantes pagaran dinero en lugar de recibirlo, porque intentan educar a los demás cuando son ellos mismos los que necesitan educarse con mucho cuidado". Para Isócrates, la filosofía es un arte de vivir, una capacidad práctica que busca, en cada situación, lo más conveniente, y la educación retórica debe basarse en la naturaleza y experiencias del discípulo, al cual, si bien se le proponen modelos, éstos serán siempre posibles de modificar según las circunstancias, así como el propio Isócrates consideró encarnados sus ideales políticos, a lo largo de su vida, en diferentes modelos, como Dionisio de Siracusa, Arquidamo de Esparta o Filipo de Macedonia, que juzgó aptos según la oportunidad para llevar a cabo aquella empresa fundamental, que fue una constante de su pensamiento político: la lucha panhelénica contra el enemigo exterior, el imperio persa. Así, el tema del bien de todos los ciudadanos y aún el de todos los griegos, debe ser el central dentro de los discursos que el orador componga. De este modo, el proceso de la retórica hace que, primero, la bondad de la obra se transmita al alma del creador, y entonces, la recta palabra permite reconocer al recto espíritu y lograr la persuasión del auditorio: "Pues quien tiene una naturaleza capaz de inventar, aprender, trabajar y recordar, una voz y una claridad de dicción tal que pueda convencer a sus oyentes no sólo con sus palabras sino también con la buena disposición de ellas, y además una audacia, no la que es señal de desvergüenza, sino la que tiene prudencia, y prepara el alma para no confiar menos al hablar ante todos los ciudadanos que al pensar consigo mismo." Entendemos que con su concepción de la retórica, como arte de persuasión puesta al servicio del bien común, como ejercicio de una conducta virtuosa, como fuerza que se resume en la palabra logos en su sentido de opinión razonable; queda notablemente separado Isócrates, de la oratoria de los sofistas: "Todos saben que muchos oradores se atreven a hablar ante el pueblo no de lo que conviene a la ciudad, sino de aquello de lo que esperan sacar ingresos ellos mismos, mientras que yo y los míos no sólo nos alejamos más que otros de los bienes públicos, sino que nos gastamos los nuestros particulares en las necesidades de la ciudad por encima de nuestras posibilidades". Estilo de la retórica isocrática Son varios los estudiosos, como Alfonso Reyes y G. Kennedy, que consideran que el estilo de Isócrates ha ido evolucionando hasta alcanzar su forma definitiva. Al desprenderse del trabajo logográfico, del cual renegará luego, empieza a perfilarse el estilo de su retórica. Esto sucede a partir de la apertura de su escuela en Atenas, sobre cuya fecha hay diferentes versiones, pudiendo ubicarse alrededor del año 393 a.C., apenas un par de años antes del establecimiento de la Academia platónica, configurando el discurso Contra los Sofistas la declaración programática de la escuela. Su estilo resulta sumamente cuidado y pulido, al punto que se considera que empleó entre diez -o hasta quince años- en la confección del Panegírico. Si bien levanta las consignas de lo oportuno, lo útil y lo conveniente, no da muestras de improvisación alguna, por el contrario, sus discursos son de una gran preciosura literaria y, repetimos, producto de una gran elaboración, lo cual los aleja de la fuerza apasionada y repentina que inspira al orador en medio de la asamblea. Este componente tan marcadamente literario es el que, tanto para Kennedy como para Müller, la razón por la cual no consigue atraer mayoritariamente a los griegos. Pero cabe resaltar la gran belleza literaria de su obra. Encontramos en cada uno de los discursos una idea dominante, que apunta tanto a la inteligencia como al sentimiento. Esta idea, la mayoría de las veces de asunto de política general, se irá desplegando en varios pares de opuestos, donde apelará, por ejemplo, al pasado glorioso y al presente mediocre, alcanzando el discurso una serie de consecuencias y conclusiones con una gran riqueza de variantes dentro de la cual la idea fundamental resulta siempre clara y predominante. Así lo entiende Reyes al considerar que "es implacable en cuanto a la arquitectura general del discurso, la recta distribución de las partes, que de cinco o más reduce a tres: exordio, narración y demostración. Cuida el enlace de los argumentos. Reserva para el final sus efectos mejores. El tono es sostenido. La unidad del conjunto se logra mediante un esfuerzo que hace aparecer las ideas en secuencia orgánica. Pero no va derecho al fin, sino en líneas arborescentes. Las figuras, algo concisas y monótonas en su maestro Gorgias, se entretejen aquí en períodos amplios y armoniosos que hacen presentir a Cicerón." Isócrates usa un lenguaje puro y comprensible, evita la repetición de palabras y de sílabas, así como los hiatos. Busca la armonía del discurso, eligiendo los términos más bellos y creando una musicalidad por su combinación; utiliza tanto el hipérbaton como la antítesis. Se esfuerza en buscar la expresión más adecuada para cada idea de modo tal que forma y fondo coinciden. Dionisio de Halicarnaso dice al respecto que su estilo es tan puro como el de Lisias, ni una palabra usada innecesariamente, y el lenguaje según el uso más común y familiar. Como su predecesor evita lo banal de las palabras arcaicas y oscuras, pero usa un lenguaje figurativo aun más que Lisias. En cuanto a la lucidez y vivacidad es igual a Lisias; es también moral y convincente a tono con el tema. Por otra parte no es tan compacto como otros, y no le sientan bien los discursos forenses, porque flota con su exhuberancia. Además no es muy conciso, parece empantanarse y moverse lentamente. Sin embargo es vigoroso como Lisias aunque a veces su ceremoniosidad y su ornamentada dignidad es más atractiva, otras veces es muy elaborada. Evita el hiato, basándose en que rompe la continuidad, y arruina la sonoridad. Trata de expresar sus ideas en períodos redondos lo que hace a sus versos mejores para ser leídos que para ser recitados, y por ello no son buenos para la asamblea o la corte. Cláusulas que terminan con el mismo sonido y tienen la misma longitud, antítesis y figuras de este tipo (paralelismos y asonancias), son encontradas en Isócrates en gran número. Isócrates elige sus palabras muy bien y les da el mejor uso, pero lo hace según su musicalidad. Su uso de figuras es crudo, son inapropiadas para el tema que trata. Habitualmente arregla sus ideas de manera periódica. Es obligado a llenar las oraciones con palabras que no significan nada, y que alargan el discurso más allá de su extensión efectiva. Es esclavo del ritmo y de los períodos circulares. Si bien Isócrates es inferior a Lisias en estos respectos y en charm, es un orados colorido, y gana a su audiencia por el placer que da. Lisias posee un charm natural, Isócrates está siempre buscándolo. Isócrates es superior a Lisias en lo siguiente, es capaz de expresar por si mismo de manera grandiosa, sublime, más impresionante y digna. Su sublime estilo es más característico de semidioses que de hombres. Es impresionante con grandes temas. Esto es quizás por que naturalmente es de una casta noble de espíritu. La selección de su material es hecha por un alma noble. La influencia de esto hace no solo que haga buenos oradores sino hombres de carácter, y que sirven positivamente a sus familias y a Grecia. Así como hemos diferenciado a Isócrates de los sofistas, también puede distinguírselo de los poetas, Isócrates mismo se reconoce como prosista: "En primer lugar, debéis saber que los géneros de la prosa no son menos que los de las composiciones métricas. [...] No sería pequeña tarea que uno intentase enumerar todos los géneros de la prosa. Haré mención al género al que me dedico y dejaré los demás." Entiende Isócrates que el prosista persigue fines más elevados que el poeta, si bien la obra de este último atrae más al vulgo, gustoso de los artificios del lenguaje. Reconoce como a los únicos poetas dignos de admiración, a quienes aportan enseñanzas morales: Homero, Hesíodo y Teognis. Si bien podemos criticar la falta de una explicitación clara de su paideia –que puede, tal vez, haberse perdido- en lo relativo a su interés central, la retórica, sus discursos resultan bastante esclarecedores. Isócrates considera que sobre la base de una naturaleza apropiada más la enseñanza de las figuras retóricas, de sus combinaciones, del orden y del ritmo de las palabras y de la práctica permanente, era posible el alcanzar un estilo suelto, de fácil comprensión, de equilibrio musical, con alusiones históricas y hasta míticas. No nos encontramos, en este punto, frente a un sofista, que puede llevar a tomar por verdades mentiras engañosas, sino a un maestro de retórica interesado en discursos literariamente bellos, enlazados al patrimonio del pasado, pero con un contenido de valores, donde el discurso no es indiferente a la moral sino que tiene un interés cívico y patriótico. ¿Somos herederos de la paideia Isocrática? En base a lo expuesto, las afirmaciones de Marrou en el sentido que Isócrates es el responsable del surgimiento de la educación de nivel medio y predominantemente literaria de nuestra tradición occidental parecen ser correctas. Isócrates mismo fue parte, como también Aristóteles, no de la aristocracia gobernante como Platón, sino de una clase media de atenienses cultos. Es cierto que buscó afanosamente durante toda su vida encontrar un gobernante que pudiera concretar sus ideas políticas, pero su educación no apunta al rey-filósofo, sino más bien a brindar los conocimientos necesarios al ciudadano para cumplir adecuadamente con sus deberes y ejercer sus derechos en las asambleas y los tribunales. Por otra parte, Finley defiende el legado de Isócrates, como parte de la herencia de una tradición que veía a la educación como el medio de alcanzar el adiestramiento de la mente, especialmente a través del contacto con la mejor literatura y también como el medio preparatorio para la vida pública de una minoría reducida compuesta por una clase adinerada, cuyos miembros seguramente tendrían acceso a funciones de gobierno. Conviene recordar la antigua e interesante etimología de la palabra "escuela", que remonta a la voz latina "otium" y ésta a su vez al griego scholé que poseía el significado de ocio o descanso como la posibilidad de disponer de tiempo para la educación, suponiendo una cierta tranquilidad económica que originariamente estaba limitada a la aristocracia y que luego, con la extensión del poder económico a algunas capas de la clase media, incluiría también a los hijos de los ciudadanos prósperos. La trayectoria de la retórica en los años sucesivos nos la muestra en un lugar de honor, dentro de la estructura conocida bajo el nombre de "las siete artes liberales", donde el primer ciclo comprendía lo que Isócrates había llamado la "gimnasia del alma": aritmética, geometría, música y astronomía; el ciclo superior se componía de retórica, gramática y dialéctica. Así, de acuerdo a Finley, fue este canon el que pasó de la Grecia antigua al mundo bizantino; de los romanos al occidente latino y que desde entonces se mantuvo sin grandes modificaciones hasta fines del siglo pasado. Se entiende de este modo que la educación superior fue desde sus orígenes, el vehículo a través del cual los sectores influyentes de cada sociedad se ocuparon de educar a las generaciones que los sucederían en los espacios más importantes de la política, la economía y la ciencia. A mediados del siglo XX se modificó un poco este panorama, al estandarizarse la educación media en forma masiva, teniendo un caudal de integrantes más heterogéneos, donde la creciente tecnificación va desdibujando tanto la relación maestro-discípulo como la importancia del conocimiento de las ciencias humanas. Sin embargo, podemos contestar que nuestra educación media es hija de un viejo educador de la Atenas del siglo IV a.C., cuyo nombre, en virtud a los sinuosos caminos de los legados culturales, permanece, para la mayoría de los hombres, en un oscuro anonimato. ¿Le habrá acaso faltado un poeta que, como dijera Horacio, lo salvase de la "noche profunda" para inmortalizarlo? ¿O quizás la niebla que lo envuelve se debe a la enorme sombra que proyecta el pensamiento platónico sobre todos sus contemporáneos? Pero la preocupación de Isócrates por la educación puede estimularnos, en medio de una época de crisis y agotamiento que nos acerca a los escenarios que describe en sus discursos para encontrar en el pasado, lo que Finley denomina "un legado vivo" que permita un acercamiento, sin cánones restrictivos ni dogmáticos, a los pensadores que dieron origen a nuestra cultura, lugar desde el cual puede ser posible iluminar el sombrío panorama que nos rodea en este fin de siglo. IV. Platón. Paideia La República es considerada una obra, escrita por Platón, alrededor de los cuarenta años, edad en la que se estima, se produce la madurez filosófica o akmé de un autor. Es altamente probable que en fecha cercana se haya fundado la Academia.(387 a.C.) Esta fecha coincide también con el regreso de Platón desde Sicilia, de aquí que el plan de estudios que detallaremos a continuación, presente en la República, permita suponer, que era llevado a cabo en el ámbito de la Academia. Dicho plan se refiere a la educación de los guardianes o filósofos, clase social en que se encuentran aquellos que son capaces de mantener en armonía las partes de su alma dejándose gobernar por la razón. Podemos encontrar, en el Libro VII, el ya mencionado esquema general. A partir de 522 c, Platón, plantea la importancia del estudio de algunas disciplinas que permitan conducir a los guardianes al fin último de la educación, que es la contemplación de la idea del Bien de la cual ha hablado en innumerables ocasiones y a la que nos referiremos en los siguiente párrafos. Platón recuerda, en primer lugar, que ya se ha considerado la formación militar para los guardianes, así como la educación en la gimnasia y música con el fin de cultivar el cuerpo. Pero para educar el alma es necesario el desarrollo de otras aptitudes, a fin de permitir al estudiante captar lo inteligible. Es por ello que propone, en primer lugar, el estudio de la Aritmética. Platón, por boca de Sócrates, ejemplifica, a través de la figura de Agamenón, la necesidad del guerrero de saber aritmética, para distribuir y organizar tanto a los soldados como a las naves. En 523 b, comienza a desarrollar el problema que plantea la percepción, pues algunos objetos de la misma "no incitan a la inteligencia al examen" ya que han sido juzgados suficientemente por dicha facultad. Otros, en cambio, sí la estimulan, dado que la percepción, al ofrecer evidencias contrarias, tales como diferencias relacionadas con la distancia en que se encuentran y otra tantas, nos conducen a la duda, y por ello a la indagación, respecto de qué es el objeto que percibo. El número y la unidad, son entonces objetos de tipo inteligible, a diferencia del resto de los objetos de la percepción, que son visibles. Es por ello que son indispensables para la educación del alma, cuya meta es el conocimiento de lo inteligible. El arte del cálculo debe conducir a la "contemplación de la naturaleza de los números por medio de la inteligencia". En segundo tipo de estudios necesarios para nuestro filósofo guerrero, comienza a exponerse a partir de 526 c, y es la Geometría. Nuevamente se la justifica en relación con los aspectos prácticos de la guerra, como la diagramación de los campamentos, la ocupación de zonas, etc, y también porque facilita la visión de la idea del Bien, dado que fuerza al alma a girar hacia lo inteligible. Es importante destacar que Glaucón, el interlocutor de Sócrates, comenta que para la mayoría, estos parecerían estudios inútiles. Recordemos que Isócrates considera que si bien ejercitan la mente del alumno, no son fundamentales. En 528 a, establece el estudio de la Estereometría, o geometría de los sólidos, estudio que el mismo Platón anuncia tanto como de gran dificultad, como de escasa difusión. En 528 d, considera el estudio de esos sólidos en movimiento, es por ello que introduce la Astronomía. En 529 b Sócrates expresa con mayor claridad la diferencia entre los conocimientos recibidos por los ojos y los considerados por la inteligencia. La Armonía, y por ende la Música, es considerada a partir de 530 d como el estudio gemelo de la Astronomía, pues se ocupa del movimiento, pero de aquel captado a través del oído. La penúltima tarea del educador es vigilar que los guardianes no emprendan nunca el estudio de algo imperfecto. Sin embargo aún falta el estudio de la Dialéctica que se plantea en 531 d. Este es el estudio supremo, es una "tarea digna de los dioses", pues se ocupa de la búsqueda del Bien y de lo Bello. Proceso Gnoseológico Otros relatos ilustran el proceso a seguir en la educación platónica. la Analogía del Sol, el Paradigma de la línea y el Mito de la Caverna están presentes en la República. En el Banquete, se relaciona el tema de la educación, con el del amor, dándose una explicación semejante a la dada por los relatos mencionados en la República. Las narraciones aludidas exponen un movimiento de ascenso desde el mundo sensible o visible, mundo aparente, mundo que gnoseológicamente puede identificarse con el mundo de la opinión o doxa; hacia instancias superiores inteligibles, reales, de mayor perfección, tanto en el conocimiento como ontológicas. La sección correspondiente al mundo visible se divide en dos partes, donde una se refiere a la creencia y otra a la opinión a las cuales les corresponden las imágenes por una parte, y por otra los artefactos y los seres vivos. La sección correspondiente al mundo inteligible, momento superior del ascenso, es representado por una parte, por el ámbito de las ciencias o matemáticas y por el mundo de los números, amadas por el que no las posee; por otra, por la Dialéctica o la Ciencia, que permite el estudio de las Ideas, para llegar finalmente a la contemplación pura del Bien y la Belleza. En el Banquete, la primer fase, se ilustra partiendo del amor a un cuerpo bello, de ahí a todos los cuerpos bellos (generalización), continuándose con el descubrimiento de la belleza del alma virtuosa – momento ético – y de las normas o leyes bellas – momento político. A mayor realidad, mayor grado de conocimiento. El conocimiento es para Platón la opinión verdadera, justificada o sea "atada", que sirve para la acción, y que se diferencia de lo que comúnmente llamamos opinión. Pues, la opinión, es semejante a las estatuas de Dédalo que son tan reales que parecen escaparse y salir caminando solas, la opinión aunque sea verdadera, al no estar fundamentada en razones, o sea al no estar "atada", se nos puede escapar. Reminiscencia Hemos hablado del mundo inteligible o de las Ideas y cómo se refleja en el mundo de lo sensible o de las apariencias. Platón se encuentra frente al problema de conocer ese mundo inteligible. Es por ello que en el Menón resuelve el problema, postulando la teoría de la reminiscencia lo que además implica la inmortalidad del alma. La anámnesis o reminiscencia es una forma de recolección, es hacer reemerger lo que ha existido siempre en el interior del alma. En el Menón se presenta la teoría de dos maneras: la mítica y la dialéctica. La primera hace referencia a las doctrinas órfico pitagóricas, según la cual el alma es inmortal y renace muchas veces. El alma ha visto y conoce la realidad en su totalidad. Inmediatamente, después de lo que parece una conclusión surgida del relato mítico, la exposición ingresa en un segundo momento, transformándose en una experimentación de carácter especulativo. Platón realiza un experimento mayéutico. Plantea a un esclavo un problema geométrico que implica el conocimiento del teorema de Pitágoras. Mediante este procedimiento demuestra, que el esclavo, es capaz de encontrar la solución estrictamente por sí mismo. Lejos de ser esta teoría un mito, se confirma que el hombre en general puede recordar, partiendo de sí mismo, la verdad que conocía y que nadie le habían enseñado. Es por ello que se concluye que la verdad debe existir en el alma. El Fedón, el Fedro y el Timeo reconfirman esta teoría. Características del filósofo No cualquiera es apto para este tipo de enseñanzas que imparte Platón en la Academia. En la República, se enuncian las características que debe poseer el hombre apto para la filosofía: no debe tener mezquindad en su alma, no debe temer a la muerte, no puede ser ni cobarde ni servil, no ama las riquezas, no es difícil de tratar, no es injusto, es manso, debe tener buena memoria, es mesurado, tiene facilidad para aprender, ama la verdad. Esto más la educación y la edad, harán de una persona un buen filósofo. En la Carta VII, Platón habla de dirigir las lecciones a hombres jóvenes con buena capacidad para aprender, que sientan amor por una vida perfecta. Considera también, que si el oyente es un verdadero filósofo y digno de ella por tener naturaleza divina, no dudará en emprender el camino de la filosofía, pues no merecerá la pena, vivir de otra manera. La filosofía le dará, la sobriedad de una inteligencia despierta, memoria y capacidad de reflexión. El conocimiento surgirá en esta alma después de una larga convivencia con el problema, después de haber intimado con él por largo tiempo de repente, como la luz que salta de la chispa, surgirá la verdad en el alma, creciendo espontáneamente. En cambio los que no son verdaderamente filósofos sólo tendrán un barniz de opiniones. En la Carta VII, en el Timeo, en el Fedro como en otros textos, considera que sólo algunos, son aptos para recibir conocimientos de carácter filosófico. Oralidad La oralidad es un tema que nos compete al estudiar la paideia platónica pues pese a que Platón dejó escritos numerosos diálogos, se expresa abiertamente en contra de la enseñanza escrita tanto en la Carta VII como en el Fedro. En primer lugar sus escritos son diálogos, o sea que toman la forma de una expresión oral intentando recrear una conversación entre personas reales. Consideramos, que Platón pone especial énfasis en esto, y lo justificamos tanto por la ambientación , que en algunos casos es tan vívida que nos transporta al lugar y momento en cuestión, como por la elección de los interlocutores, que son personas familiares a los lectores contemporáneos de Platón, y que para nosotros son personas históricas conocidas. Sabemos, también, que en dicha época, se escribía en forma de discursos, en prosa, en poesía, en epístolas, y que sin embargo, estos modos de expresión, no fueron elegidos por Platón para dirigirse al gran público. Es importante realizar una reflexión de tipo histórico, respecto del momento por el que la cultura del siglo IV estaba pasando. Platón vivía en una época donde la transmisión de los conocimientos no se hace a través de lo escrito. Pruebas de ello, encontramos incluso, en los mismos diálogos platónicos. Por ejemplo, el Parménides comienza con un encuentro entre Céfalo, Glaucón y Adimanto. El primero desea encontrar a Pitodoro, hermanastro de los otros dos, para que le relate una antigua conversación aprendida de memoria. El Banquete, a su vez, comienza con el encuentro entre Apolodoro y un amigo, quien le solicita repita la conversación sobre el amor ocurrida en el ágape dado por Agatón, con motivo de su triunfo en un certamen teatral. Apolodoro anuncia que relatará lo sucedido, pero que él no fue asistente del evento, dado que aquel había tenido lugar mucho tiempo atrás; , quien realmente había asistido a la reunión, fue Aristodemo, y por ello relataría lo escuchado a aquel. En ambos casos estamos ante la presencia de un relato trasmitido de unos a otros en forma oral, exigiendo el ejercicio de la memoria, facultad fundamental y característica de dicho tipo de divulgación. La edad moderna, en cambio, es la expresión típica de una cultura basada en la escritura, considerada como medio preeminente para cualquier conocimiento. Sin embargo, podemos comparar nuestra experiencia con la platónica, dado que en las últimas décadas ha nacido un nuevo tipo de cultura basada en la comunicación audio visual, que genera problemas de otra índole. Nosotros vivimos un período semejante al de Platón, pues también nos encontramos entre medio de dos culturas. Platón vive en el momento, en que el aspecto de la oralidad, que constituía el brazo de la cultura antigua, estaba perdiendo fuerza frente a la cultura escrita. Sócrates personificaba de manera paradigmática y total el modelo de cultura representado por la oralidad. Su maestro, Sócrates, no escribió sus enseñanzas. Además conviene mencionar otro aspecto relevante para este tema. Platón conceder gran importancia a las aptitudes que necesita el interlocutor para ser filósofo. Para saberlo, estimamos imprescindible el conocimiento personal, al cual no puede accederse, si el destinatario de la comunicación es solamente un lector de las obras, lo que hace imposible el conocimiento de su carácter. Esto no ocurre cuando la enseñanza es impartida oralmente. Dialéctica Analizaremos ahora el problema de la Dialéctica y su relación con el proceso educativo. Como dijimos en los apartados iniciales, hay un primer tipo de conocimiento no fundamentado llamado opinión, que es el que alcanza la gente común. El pensamiento dianoético es alcanzado por los matemáticos. Pero los filósofos alcanzan la noesis, la ciencia más alta. El intelecto y la intelección, después de aprender, dejan detrás la sensación y lo sensible, así como cualquier elemento ligado a ellos, alcanzando las puras Ideas, en sus nexos positivos y negativos, mediante el procedimiento discursivo e intuitivo, con todas sus implicaciones y conexiones exclusivas, alzándose de Idea en Idea, hasta llegar a la Idea Suprema (Bien) o sea lo incondicionado. Este proceso por el cual el intelecto se mueve desde lo sensible a lo inteligible, y luego de una Idea a otra es la Dialéctica, por lo cual un filósofo es un dialéctico. Hay una dialéctica ascendente, que conduce el alma desde lo sensible a lo inteligible, con el método sinóptico. Ejemplos de este tipo de dialéctica, encontramos en la República, así como también, una visión general del tema. Asimismo, existe una dialéctica descendente, que parte de la Idea Suprema del Bien, hacia las Ideas generales y al mundo sensible, procediendo por división, o sea el método diaréctico. El sistema protológico de la Dialéctica se asienta en lo Uno y lo Múltiple. Es preciso, ahora, considerar los siguientes tres puntos. En primer lugar el método sinóptico y el diaréctico se interceptan de variadas maneras y en lugares diferentes, pues uno es comprensible en conexión con el otro. En segundo lugar es necesario advertir el hecho que los nexos se basan en las relaciones entre lo Uno y lo Múltiple. En tercer lugar o conclusión, la dialéctica en sentido global da la comprensión perfecta de la que habla Filebo: "lo múltiple es uno y lo uno múltiple", y es el conocimiento que posee el demiurgo en manera perfecta Timeo 68 d. V. Aristóteles y la retórica Isócrates y la génesis de la retórica aristotélica Ya hemos analizado el derecho que otorgaba Isócrates a la retórica en tanto elemento rector de la paideia, ubicándose en una posición crítica tanto del relativismo de los sofistas como de las abstracciones de la dialéctica platónica. Es cierto que su modelo se atiene al criterio socrático de conformidad a las leyes y a la constitución y que es, por lo tanto, genuino su despliegue de persuasión para alcanzar la adhesión de las masas. Toda esta actividad es considerada por Isócrates bajo el término de "filosofía". Pero es claro que esta praxis que propone, en base a la sensatez y a la opinión razonada, como armas para la reforma política, tiene un objetivo utilitario que no podía no ser considerado por los académicos sino como lo opuesto al programa de búsqueda de la verdad y de reforma moral que eran los ejes centrales de los ideales de esta filosofía. Es en medio de esta polémica acerca de los debates sobre la retórica, que ve la luz la primer obra escrita de Aristóteles, el Grilo, datada aproximadamente en el 360 a.C. Se trata de una pieza de oratoria por la muerte de Grilo, hijo de Jenofonte, de la cual tenemos unos pocos fragmentos, apenas suficientes para individualizar su tesis central, la cual coinciden los estudiosos que resulta similar a la de la polémica anti-retórica del Gorgias y del Fedro platónico. Sabemos que en estos diálogos Platón critica, centralmente, el carácter meramente adulador de la retórica y su falta de sustento en criterio veritativo alguno. Es por este camino que acontece el enfrentamiento entre la filosofía identificada con la retórica de Isócrates y la filosofía como ciencia dialéctica platónica. Para Platón, son únicamente verdaderos los discursos científicos, por lo cual la retórica queda subsumida en la dialéctica misma, cabiéndole sólo la función de ser el medio de presentación de los razonamientos de las ciencias. Toda esta argumentación, expresa Quintín Racionero, sitúa a la verdad íntegramente en el plano de la referencia a los objetos esenciales y no en el orden de la comunicación, poniendo "en claro entonces que la reducción platónica de la retórica a la dialéctica no significaba otra cosa, como tan agudamente lo ha señalado Apel, que la subordinación de las competencias comunicativas del lenguaje a su función de designación". Esta posición platónica que el Grilo defendía, no daba respuesta a algunos de los interrogantes fundamentales sobre la retórica y la paideia de la época, que implicaban, especialmente, la posibilidad de aplicar la rigurosa noción platónica de verdad a la esfera de las acciones de los hombres, la ética y la política. Buscando una clarificación sobre este tema, será que Aristóteles, como lo hará con otros temas, se va a ir progresivamente alejando de la herencia platónica vertida en el Grilo, para elaborar su propia teoría acerca de la retórica, expuesta en tres de los libros que ha conservado la tradición. Retórica y paideia aristotélica Los dos primeros Libros de la Retórica se consideran que fueron el resultado de los primeros cursos dictados por Aristóteles –quizás sobre algunos apuntes de su período académico- a su regreso a Atenas cuando funda el Liceo, alrededor del año 334 a.C., la datación del Libro III es discutida, pero sería bastante posterior a los dos primeros. Recordemos que, cuando retorna Aristóteles a Atenas, se había ya celebrado la alianza con Filipo y la ciudad se encontraba dividida políticamente en diferentes facciones. Esta situación político-social de agitación, fue probablemente el estímulo que impulsó a Aristóteles, a colocar en el centro de la discusión de su escuela, el problema de la retórica y la paideia. La apertura mismo del Libro I de la Retórica pone de relieve una considerable brecha con el Grilo en cuanto a las relaciones entre dialéctica y retórica: "La retórica es una antístrofa de la dialéctica, ya que ambas tratan de aquellas cuestiones que permiten tener conocimientos en cierto modo comunes a todos y que no pertenecen a ninguna ciencia determinada. Por ello, todos participan en alguna forma de ambas, puesto que, hasta un cierto límite, todos se esfuerzan en descubrir y sostener un argumento e, igualmente, en defender y acusar. [...] Por tal razón, la causa por la que logran su objetivo tanto los que obran por costumbre como los que lo hacen espontáneamente puede teorizarse; y todos convendrán entonces que tal tarea es propia de un arte. Sin embargo, los que han compuesto Artes acerca de los discursos, ni siquiera –por así decirlo- han proporcionado una parte de tal arte (pues sólo las pruebas por persuasión son propias del arte y todo lo demás sobra) y, por otro lado, nada dicen de los entimemas, que son el cuerpo de la persuasión, y más bien se ocupan, las más de las veces, de cuestiones ajenas al asunto."" Nos parece pertinente precisar que, durante mucho tiempo, se consideró como parte de las obras retóricas de Aristóteles, a la Retórica a Alejandro, mientras que en la actualidad la mayor parte de los estudiosos la atribuyen a Anaxímenes de Lámpsaco, orador, maestro de retórica, logógrafo e historiador del siglo IV a.C., del cual se han preservado, aparte de la obra citada, unos pocos fragmentos. La adjudicación a Anaxímenes se basa, por una parte, en que la Retórica a Alejandro se encuentra enmarcada dentro de la sofística, ocupándose centralmente de resaltar la importancia de la persuasión de la audiencia y descartando toda clase de problemas lógicos y éticos como los que ocuparon a Aristóteles; por otro lado, hay un fragmento de Quintiliano que parece apoyar la consideración de este tratado como perteneciente a Anaxímenes. Pero la Retórica a Alejandro aporta como antecedente a la Retórica aristotélica la distinción de los tres géneros de la retórica, una clasificación destinada a tener mucha importancia en toda la retórica posterior. Estos tres famosos géneros son: el deliberativo, el demostrativo o epidíctico y el judicial, pero acotamos que será Aristóteles quien brinde a esta división metodología y finalidad: "Así, pues, es evidente que la retórica no pertenece a ningún género definido, sino que le sucede como a la dialéctica; y, asimismo, que es útil y que su tarea no consiste en persuadir, sino en reconocer los medios de convicción más pertinentes para casa caso, tal como también ocurre con todas las otras artes." "Lo propio de la deliberación es el consejo y la disuasión [...] Lo propio del proceso judicial es la acusación o la defensa [...] Y lo propio, en fin, del discurso epidíctico es el elogio y la censura. Por otro lado, los tiempos de cada uno de estos géneros son, para la deliberación, el futuro [...] para la acción judicial, el pasado [...] y para el discurso epidíctico, el tiempo principal es el presente [...]" Es a partir de esta ordenación de los géneros oratorios y sus tele, que, según Quintín Racionero, queda formalizada una red o trama estructural, en la que se objetivan sistemáticamente los lugares de la persuasión. La fundamentación de tales razonamientos sobre un concepto designativo de la verdad, es lo que permite a Aristóteles que la retórica pudiera remontar resueltamente el plano de las discusiones erísticas, para fundamentarse en una episteme, a partir de su elaboración metódica, con lo cual puede consagrarla como el órgano fundamental de la educación. Podríamos aventurar que Aristóteles inicia conjuntamente un proceso por el cual toma, en lo concerniente a la retórica, distancia de Platón y cercanía con Isócrates. Igualmente, la vieja enemistad persistía ya que según cuenta Diógenes Laercio, V.2, Aristóteles ejercitaba unidamente a todos sus discípulos en cada proposición, y al mismo tiempo los instruía en la retórica, comenzando siempre con el prefacio: "es indigno dejar hablar a Isócrates". El proemio del segundo libro de la Retórica señala un nuevo viraje en el pensamiento aristotélico por el cual la técnica retórica recibe una nueva consideración con la incorporación del elemento ethos y del pathos: "[...] resulta así necesario atender, a los efectos del discurso, no sólo a que sea demostrativo y digno de crédito, sino también a cómo (ha de presentarse) uno mismo y a cómo inclinará a su favor al que juzga. [...]Tres son las causas que hacer persuasivos a los oradores; y su importancia es tal que por ellas nos persuadimos, prescindiendo de las demostraciones. Esas causas son la sensatez, la virtud y la benevolencia. " Según Plebe "ahora la retórica tendrá siempre en su centro dos elementos fundamentales: el ethos y el pathos, que sólo aproximadamente podemos traducir por las palabras "carácter" y "pasión". Ya que el ethos es no sólo "carácter", sino también costumbre, moralidad: todos los elementos que se asoman en la disposición del orador que habla. A su vez pathos no es "pasión" en el puro significado de una encendida emotividad, sino es el mundo entero de la irracionalidad emocional". Con este reconocimiento de la importancia de los factores emocionales tanto del orador como del auditorio, sumado a la consideración de la retórica como tekne que utiliza los medios de persuasión más eficaces en cada caso, se acerca Aristóteles considerablemente al pensamiento de Isócrates, en cuya retórica resultan fundamentales los argumentos convincentes tanto en razones como en sensatez, la virtud del orador, su poder de convicción y la oportunidad de su reflexión. Pero es verdad que nunca podría haber una total asimilación de la retórica aristotélica a la isocrática, dado que para Isócrates filosofía y retórica tienen una misma significación, mientras que para Aristóteles, la filosofía identificada con la ciencia o el saber comprobado, puede ejercer una labor de control y vigilancia sobre la retórica. La retórica sigue actuando, como en Isócrates, en el campo de lo verosímil, pero ha sido provista de una metodología mediante la cual podrá acercarse a un modelo lógico, poniendo la mayor dosis posible de racionalidad en el espacio de la acción humana y de las creencias discutibles. VI. Isócrates. Filósofo Uno de los recodos que la investigación acerca de la paideia isócratica ha ofrecido, es el de pensar, a Isócrates como un filosofo o como un retórico, y en todo caso cual es la relación existente entre estas cuestiones y la cultura. Sin embargo la perspectiva desde la cual su relación con la filosofía fue considerada no fue unívoca. Dos lecturas se presentaron en el transcurso de la tarea. Una de ellas acerca a nuestro orador a la filosofía, la otra por el contrario parece alejarlo. Tratar las dos perspectivas parece una posibilidad rica e interesante a los fines de nuestra tarea. Debido a ello han de exponerse ambas, respetando el camino recorrido en el transcurso de la investigación. En primer lugar sostendremos que Isócrates es definitivamente un filósofo y expondremos sus ideas. Isócrates es un pensador cuyas características difieren de las de Platón. Principalmente, Isócrates no despliega un sistema organizado y justificado hasta en sus últimas consecuencias como lo hace Platón. Isócrates se interesa fundamentalmente por la praxis, y quizás en este sentido podríamos equipararlo a los filósofos contemporáneos. La realidad política y ética de su tiempo son su primordial inquietud. Su gran aflicción se debe a la crisis de valores en las que ha caído la Hélade toda. Lo sorprende y desconcierta la incapacidad de los helenos para mantenerse unidos, así como la dificultad que poseían para resolver los conflictos internos. Como cualquier hábil político, intuye que la única posibilidad existente para lograr la unidad, radica en convocar al pueblo en contra de un enemigo común. Esta primera observación, permite ya apreciar el carácter pragmático de su pensamiento. Los siguientes pasos se dirigen a conseguir un líder capaz de llevar esta empresa a cabo. A fin de lograrlo, es necesario, por una parte, convencer a los griegos de levantar armas contra los persas, apelando al pasado histórico, tanto para señalar los sufrimiento infligidos al pueblo, como para rememorar las glorias pasadas, convocando el espíritu heroico de los ancestros. Por otra, se hace indispensable, convencer a un príncipe, rey o gobernante que lidere la empresa. Es por ello que la retórica, el arte de confeccionar bellos y persuasivos discursos, es una herramienta preciosa para cualquiera que pretenda el bien de la Hélade. El fin es el Bien de la Hélade, el medio la educación por la retórica. "Para Isócrates la palabra es un don divino: por lo cual el arte de la palabra no es puro ejercicio formal, sino una técnica que es asimismo educación y desarrollo de la humanidad del hombre". Sin embargo difiere radicalmente de los sofistas porque no es éticamente posible aplicar la retórica para avalar cualquier argumento. " [...] la función de la retórica no estaba constituida para él, como para Gorgias, de una fuerza irracional, sino que consiste en un método de educación racional, que vuelve a los hombres buenos y sabios." Para Isócrates hay valores absolutos, hay virtud aunque no sea enseñable necesariamente. La tradición antigua está colmada de ejemplos heroicos que reflejan tanto estos valores, como excelsas cualidades propias de los griego. Isócrates recurre a ellos en sus discursos, utilizándolos como modelos, o para incentivar a sus compatriotas a retornar a ese pasado glorioso, que además les es propio y conocido. A Isócrates le urge resolver la crisis imperante. Isócrates busca la felicidad y el bien de su pueblo, la justificación de su manera de pensar tiene carácter filosófico pero principalmente se afirma en la praxis. En palabras de Chatelet: "Isócrates vive concretamente su época y si se le ha podido reprochar su inconsecuencia, es sin duda porque intentaba responder al problema de conjunto dándole, en cada momento, soluciones históricamente practicables" La época de Isócrates se caracteriza por los cambios convulsivos, por las luchas fratricidas, por las grandes traiciones, por la inseguridad e inestabilidad política. Es un momento de crisis radical e Isócrates es consciente de ello. Finley señala que en las épocas de crisis hay algún observador que percibe los cambios y los anuncia. Es este el rol que juega Isócrates, ve los cambios, los anuncia y pretende mover a su pueblo en la mejor dirección. Como analista y lector de la realidad política podemos considerarlo el mejor. " Que Isócrates haya sido poco delicado en la elección de los personajes, que haya cambiado varias veces de opinión con respecto a éstos [...] atestigua no su versatilidad o su diletantismo, sino su preocupación por una práctica tan eficaz como sea posible. Y el problema que se plantea respecto de su obra no es tanto el del valor del hombre como el del sentido histórico de la empresa." Su educación está dirigida a la elite gobernante, pero si tenemos en cuenta que sólo los ciudadanos gobiernan en Atenas, podríamos decir que se dirige a todos. "Es necesario que los jóvenes reciban un tipo de educación que influya en el futuro de la ciudad" Sin embargo, no podemos afirmar que la educación platónica presente estas característica. La misma estaba dirigida solamente a aquellos que poseían cualidades afines al tipo de educación impartida en la Academia. Isócrates pretende formar a los ciudadanos para persuadir a otros con discursos bellos y bien fundamentados. Para ello debe enseñar la estructura de los mismos teniendo en cuenta el fin para el que se los utilizará. También debe enseñar aritmética pero el fin no es el de vislumbrar las esencias sino e agilizar la inteligencia del alumno. Podemos considerar que este criterio prevalece hasta nuestros días. Actualmente, no se pretende la profundidad en la educación, la erudición y la capacitación de una élite selecta. Isócrates pretende hacer de la filosofía una formación para la vida, que transforma las relaciones humanas y nos arma contra la adversidad, como sostiene Pierre Hadot. También distingue una sabiduría ideal, episteme concebida como un saber perfecto, una sabiduría práctica o sophia, que es el tacto adquirido por la sólida formación del juicio, y la formación misma del juicio o filosofía. Está convencido que se puede ser mejor, aprendiendo a hablar bien, tratando temas elevados, mediante bellos discursos. Sin dudas Isócrates es un filósofo político, pragmático, es el filósofo de la doxa. Su fin es el bien, la felicidad y la paz de los atenienses. El medio, es la educación de todos los ciudadanos en el arte de la retórica. La segunda perspectiva que el camino recorrido ofrece, es la de un Isócrates en el cual es difícil encontrar al filósofo. Quizás esto pueda deberse a una particular perspectiva con respecto a lo que se tiene en mente o se entiende por "filósofo". Dicha perspectiva parece teñida de unos cuantos matices que tienden a predisponer , lo que podríamos llamar, el criterio de clasificación. Sin embargo, y tratando de contaminarnos lo menos posible con la historia filosófica más allá de la época de Isócrates, es justamente su época la que nos ofrece la posibilidad de encontrar ejemplos de concepciones distintas con respecto a la condición de filósofos o de pensadores que se han ocupado de temas filosóficos. Inmerso en ese medio Isócrates parece estar a mitad de camino. Un hombre que parece identificar a la filosofía con la cultura, preocupado y ocupado en cuestiones totalmente realistas y prácticas. Un hombre que hace a un lado las cuestiones metafísicos, ontológicas. Un hombre al que podría parecerle, en medio de la crisis griega, una perdida de tiempo inconsecuente, la reflexión acerca de tales cuestiones. Pero por qué decir que parece estar a mitad de camino? "[...] la filosofía es en su esencia misma una empresa "media", casi en el sentido aritmético del término. En su ambición, se opone a la vez a la filosofía de los metafísicos y a la sofística: con la primera comparte la idea de que el ejercicio del logos es una cosa importante, de que la palabra puede salvar a los hombres de la miseria y guiar convenientemente la acción, de la segunda toma su rechazo del saber absoluto, su deseo de una acción inmediata y la preocupación constante por la eficacia…" Quizás se deba a que si bien no lo encontramos preocupado, al modo de Sócrates o Platón, por los cuestionamientos acerca de la justicia, el bien. Isócrates no está impregnado del relativismo exagerado del cual su época también nos brinda ejemplos. "Lo principal para él fue siempre la retórica, de tal suerte que no hubo en la antigüedad, quien con tanto celo y atención se dedicara al cultivo de este arte. Isócrates, pues debe ser incluido en el número de los sofistas, de los cuales se diferenciaba única y exclusivamente en que no combatía la filosofía socrática que invoca la voz de la conciencia humana, con la insolente afirmación de que la oratoria lo hace todo igualmente verdadero." A través de sus escritos nos habla de la virtud, de la posibilidad educadora o formadora del discurso, sin embargo no puede transmitirse episteme sino sólo doxa. Isócrates nos aconseja no perder el tiempo con minucias para dedicarnos a lo que realmente pueda cambiar nuestra vida diaria. "La preocupación política es tal [...] que rechaza las especulaciones teóricas y la ciencia [...] Si hay que renunciar a las empresas dialécticas y científicas es porque el problema urgente es curar el mal que aqueja al mundo griego, encontrar el medio de poner fin a la miseria y restablecer la paz. Para él, ser metafísico no es ser peligroso - como para Anito -, no es despreocuparse estúpidamente del propio interés - como para Trasímaco -, sino simplemente ser egoísta y frívolo." La utilidad que matiza el exhorto no está sin embargo hueca de un sentido moral. El mismo hombre que nos aconseja ser prácticos nos recuerda que es más valioso morir honrosamente que vivir deshonrados. Su filosofía homologada a veces a la retórica, a veces a la cultura, debe hacer mejor a los hombres, por sobre todo en vistas a su condición de ciudadanos. "El legado antiguo,[...] comporta tres elementos. El primero es la creencia en la posibilidad y el valor de adiestrar la mente, independientemente del modo en que formulemos esta noción. El segundo es la creencia en la valía suprema para la vida pública o la vida del ciudadano [...] de una educación fundamentalmente literaria, rótulo bajo el que incluyo la historia y la filosofía tanto como las lenguas y la literatura. Un corolario de esta posición es que tal educación habría de concentrarse en la mejor literatura, y ello masivamente, y en algunas escuelas de pensamiento, exclusivamente en la literatura del pasado, de aquí el tercer elemento, a saber, la identificación de la mayor parte de la educación no vocacional con la cultura superior, de la que se cree que es tan sólo accesible a una minoría sumamente reducida, a una élite" Sin embargo sus letras nos dicen que no deberíamos llamar filosofía a lo que no nos ayuda a hablar ni a obrar. Quizás sea por esa aparente falta de cuestionamientos graves y por un referente contemporáneo de la magnitud de Platón, que es difícil por ahora la consideración de Isócrates como filósofo. En Isócrates se revela, sin embargo, el hombre que apuesta a la educación, a la formación por medio de la palabra y del discurso, en definitiva al desarrollo a través de la cultura. Quizás el punto de síntesis de las dos perspectivas expuestas este dado por una bisagra en la que Isócrates parece encontrarse. Esta podría ser la cultura, con la que él mismo homologa su filosofía. "El Panegírico debe ilustrar la superioridad de la cultura o de la educación ateniense que "instruye hombres para la acción" y hace discursos "bellos y artísticos" obra de almas que piensan bien." Quizás la unión de dos elementos como la cultura y la doxa, sea lo que hace de él un filósofo distinto. "Es una sabiduría en asuntos prácticos resultante en una alta conciencia moral y equiparada a una maestría en técnica retórica. Retórica y filosofía son el lado práctico y teórico de la misma cultura" Para él no existe una ciencia de la virtud, que nos instruya acerca de lo que debemos hacer y que nos pueda ser infundida de modo mecánico. El hombre debe nacer con ciertas cualidades pero la virtud, es sobre todo, algo que se va construyendo a través del ejercicio cotidiano. La filosofía se sitúa para Isócrates en el campo de la doxa, puesto que la verdad no nos es asequible, lo mejor que podemos hacer es responder ante cada circunstancia de la manera más conveniente. La educación, como posibilidad más amplia, será la que abrirá la puerta a la participación y al desarrollo por parte del hombre. "Al llegar aquí, la ética política de su panhelenismo, le sirve directamente para justificar toda su actividad de educador,[...] resulta que el poder ideal de la educación y de la cultura es el único instrumento de que se dispone para llevar a cabo este tipo de estructura política" VII. Palabras Finales Parecería que se hubiera clausurado el tiempo de la paideia isocrática. Sin embargo su motivo fue sensato y su existencia también. Para Isócrates la palabra era un don divino: el arte de la palabra no era un puro ejercicio formal; al contrario era una técnica que significaba educación y el progreso de la humanidad. Es más, Isócrates puso su mayor preocupación en el perfeccionamiento de su estilo de elocución, más que en el estudio de su contenido. Llevó al máximo desarrollo su técnica de la simetría y la antítesis que había heredado de su maestro Gorgias. Lejos de él, la palabra es productora de frónesis, de sabiduría. Por lo tanto, la función de la retórica no es la de constituir una fuerza irracional, en cambio constituye un método de educación racional, dirigido a que los hombres sean buenos y justos kaloí kagathoí kaí frónimoi. Isócrates consideraba que era la retórica y no la filosofía la que podía plasmar la manera política y ética de su época. Su estilo fue menos elevado que el de Demóstenes. En el apartado XVII, del primer libro de Flavio Filóstrato de Lemnos, nacido en 170 d.C., se dice que en la tumba de Isócrates existía una sirena, que estaba colocada en actitud de cantar, y que simbolizaba el poder de la persuasión de este hombre, facultad que unía al empleo de normas y producto del uso retórico. Entre los discípulos ilustres de este hombre se contaban el orador Hispérides, Tempompo de Quíos, Éforo de Cumas, entre los que podía nombrar Filóstrato en su época. Siendo, como se decía, inferior a Demóstenes su estilo era, más amable y delicado. Esta es la pintura que nos queda de él. La permanente imagen siempre viva de una cultura nacional, helénica. En sus palabras: "quien comparta nuestra paideia en un sentido más elevado que quien sólo comparta con nosotros nuestra ascendencia común". Su fama, como educador y maestro, fue posteriormente muy grande, y ha predominado, desde Cicerón, Quintiliano, Plutarco. Su renombre llegó hasta el renacimiento, y hasta Milton, en 1643 con su Aeropagítica. En el siglo IV a.C. comenzó la historia de la lucha entre dos formas diferentes de expresarse, y continua hoy, a pesar de las variaciones y diferencias de matices, con la llamada teoría de la argumentación, cuyo representante es Chaim Perelman. Fue hacia mediados del siglo pasado, cuando se abandonó la enseñanza de la retórica, en forma oficial, pero a pesar de ello la lucha, entre Platón e Isócrates, filosofía y retórica, todavía perdura: calladamente. Notas: ANAXIMENES DE LAMPSACO: Retórica a Alejandro, London, Loeb Classical Library, Heinemann, 1965. |