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La educación en la Atenas del siglo V (Parte I)
Contenidos: 1. Contexto histórico-cultural. 1.1. La organización política. 1.2. Las instituciones. 2. La concepción pedagógica. 2.1. La areté. 2.2. Las instituciones. 3. Las etapas en la educación. 4. Los sofistas como educadores. 4.1. Los sofistas. 4.2. Su enseñanza: los contenidos. 4.3. La enseñanza moral. 4.4. El concepto de cultura 1. Contexto histórico-cultural S. VIII a.C.: se produce la sustitución de la monarquía tradicional por una república, gobernada por nueve arcontes, que se repartían las funciones de sumo sacerdote, de comandante de los ejércitos en tiempos de guerra, y de juez supremo. La sociedad ateniense queda constituida por una aristocracia de terratenientes, y una masa popular de campesinos. s. VI a.C.: tiene lugar la hegemonía militar (sólo militar) de Esparta en el Peloponeso, pero mientras tanto florecen cultural y comercialmente las ciudades de Mileto, Crotona y Siracusa. La vida intelectual comienza a destacarse a través de diversas escuelas filosóficas, y el pensamiento racional queda, por así decirlo, institucionalizado en Grecia. Entretanto, los atenienses luchan por una organización socio-económica estable. 594 a.C.: El notable estadista Solón, arconte de Atenas, toma una serie de medidas que favorecen el desarrollo de la pólis, acabando con un fuerte malestar social motivado por las tremendas desigualdades económicas existentes, y procurando el imperio de la justicia como norma del derecho: 1) liberó de la servidumbre económica a los campesinos pobres; 545 a.C.: Pisístrato es tirano en Atenas, a la que engrandece económicamente: 1) salió del casi unilateral cultivo de los cereales e incentivó el cultivo de la vid y
del olivo; 527-510 a.C.: Hipias -hijo de Pisístrato- quien se hallaba en el poder, es derrocado por Clístenes, con quien queda consolidada la forma democrática de gobierno. Entretanto, 538 a.C.: Ciro I de Persia ocupa Babilonia, en una expansión territorial de gran incidencia en la vida del mundo por entonces conocido. Toda el Asia Menor pasa a formar parte del imperio persa, y se reduce el influjo griego sobre la zona del mar Egeo; así, Atenas se convierte en el nuevo centro del poder jonio. Temístocles ordena la construcción de la gran armada griega. 490 a.C.: Comienzan las Guerras Médicas contra los persas que bajo el mando del rey Darío habían invadido Grecia, y que son derrotados en la batalla de Maratón. Sin embargo, siendo rey Jerjes, los persas vencen a los griegos en el desfiladero de las Termópilas, defendido por los espartanos. El Ática y Atenas son arrasadas por los vencedores, en tanto los griegos preparan la revancha con su flota marítima. 480 a.C.: Los griegos vencen a los persas en la batalla naval de Salamina. 479 a.C.: En Platea, nueva victoria del ejército espartano. Pero al año siguiente Esparta se retira de la alianza defensiva por fricciones con Atenas. 477 a.C.: el ateniense Arístides forma la Confederación de Delos, para librar a los griegos del Asia Menor de la amenaza de los persas y acabar con las pretensiones de los que, a partir de las Guerras Médicas, serían conocidos como los bárbaros (los del Oriente), por contraposición a los griegos (los del Occidente, el mundo civilizado). 449 a.C.: El general Cimón arroja a los persas del mar Egeo, y se firma la paz. Sin embargo, por luchas internas, Cimón es desterrado de Atenas, sucediéndole Pericles, un aristócrata de cuna, con ideas democráticas muy alejadas del esquema espartano que, por un momento, había logrado deslumbrar a algunos gobernantes. Comienza un tiempo de prosperidad para Atenas. 449-29 a.C.: El siglo de Pericles, también llamado "siglo de oro de Atenas". 446 a.C.: se firma un tratado de paz entre las siempre rivales -aunque ocasionales aliadas- ciudades de Esparta y Atenas: Esparta quedará con el liderazgo de la Liga del Peloponeso, y Atenas hará lo propio con la Confederación de Delos. Así acaba la primera Guerra del Peloponeso. 431-421 a.C.: Segunda Guerra del Peloponeso, iniciada por los espartanos (incitados por los tebanos y los corintios, tradicionales rivales de Atenas), y favorecida por los enemigos internos de Pericles, que deseaban su proscripción. Los atenienses padecieron derrotas y peste, murió Pericles, y le sucedió Cleón, quien al principio de su gobierno obtuvo algunas victorias, para luego ir de desastre en desastre. A su muerte, en el año 421, y siendo también adversa la fortuna para los espartanos, se firmó la paz. 415-404 a.C.: Tercera Guerra del Peloponeso, que acabó con la hegemonía y la prosperidad de Atenas, la cual, derrotada, tuvo que entregar la flota de que tanto se enorgullecía, y ver destruidas sus murallas. Esto sucede a fines del siglo V a.C. La adopción del alfabeto fenicio, en el siglo VIII, es un hecho digno de ser tomado en cuenta, cuando de la cultura ateniense se trata. Este alfabeto era fonético -cada símbolo correspondía a un sonido claramente identificable-, las formas de sus letras eran diversas y no se confundían entre sí, y en su versión oficial, la jónica, constaba de veinticuatro letras. La facilidad de la escritura, gracias a este alfabeto, la hizo accesible a todos y suprimió toda idea de monopolio y de importancia por la destreza en dicho menester. Escindió pensamiento de escritura: el pensamiento quedó como una noble tarea digna del hombre, y ciertamente sobresalió Grecia por el pensamiento especulativo. La escritura fue considerada como una mera técnica, una habilidad manual reservada a esclavos adiestrados para tal menester. 1.1. La organización política La Atenas del s. V a.C. no es una ciudad muy poblada, y lo es menos aún a partir de las Guerras del Peloponeso. Pero tiene características que la hacen única, e importante: la igualdad de los ciudadanos, su libertad individual y su anhelo de paz social, todo ello custodiado -y respetado- por el Estado. Estas características hacen posible una convivencia fructífera en favor de la vida cívica y el florecimiento de la cultura: el pensamiento y las diversas artes se manifestarán creativos y pujantes. Clístenes abolió la antigua división en clases y organizó circunscripciones, siguiendo un criterio geográfico: Atenas y sus alrededores, la zona costera y el interior. Cada una de ellas, a su vez, fue dividida en diez tercios; cada tercio de una zona formaba, con otros dos de las otras dos zonas (elegidos todos ellos por sorteo), una tribu o cuerpo, que daba un verdadero equilibrio geográfico y social. Cada tribu nombraba uno de los diez generales del ejército -que fueron teniendo cada vez más poder, a costa del que correspondía a los arcontes-, y elegía (por sorteo, entre los ciudadanos mayores de treinta años) cincuenta miembros del Consejo de los Quinientos, que reemplazó al de los Cuatrocientos, de Solón. 1.2. Las instituciones a) el Arcontado: se trataba de nueve arcontes, uno de los cuales era el principal gobernante, otro tenía a su cargo los asuntos religiosos, otro el mando del ejército, y los seis restantes la administración de la justicia. Elegidos por la Asamblea del Pueblo de entre los miembros de la aristocracia, su mandato duraba un año, y luego pasaban a integrar el Areópago. b) la Asamblea del Pueblo: estaba formada por todos los ciudadanos mayores de veinte años, nombraba los magistrados y decidía sobre la guerra y la paz, los impuestos, etc. Examinaban la gestión de los arcontes una vez finalizado su mandato, decidiendo acerca de su ingreso al Areópago. c) el Consejo de los Quinientos, que duraban un año en el cargo, y se reunían cotidianamente, en número de cincuenta, durante una décima parte del año, rotativamente, para agilizar los asuntos de resolución inmediata. Ello no impedía que se reunieran los quinientos toda vez que fuera necesario. Se ocupaban de los proyectos de ley, recibían a funcionarios, elaboraban propuestas para presentar a la Asamblea, vigilaban a los otros magistrados y trabajaban en la administración de los fondos públicos. d) el Areópago, tribunal de justicia en materia grave, también decidía en torno a cuestiones constitucionales y administrativas. e) los estrategas o generales: eran elegidos por un período anual, reelegibles por un número indefinido de veces (así Pericles gobernó por treinta años como estratega); no rendían cuentas de su actuación, y fueron asumiendo cada vez más funciones, llegando a poseer -de hecho- la máxima autoridad. A partir de Pericles, éste y los restantes cargos de gobierno fueron rentados. 2. La concepción pedagógica 2.1. La areté La ciudad-estado ha ido cambiando poco a poco la concepción de sí misma, de su forma de vida y de su gobierno. De la primitiva dilatada región, no demasiado populosa ni delimitada con claridad, gobernada por unos pocos según las normas y pautas de la tradición aristocrática, ha pasado a una zona en la que se distingue lo urbano de lo rural, con una población que es alternativamente numerosa o diezmada -según la suerte de las guerras-, con una activa participación de los habitantes -los ciudadanos- en las deliberaciones y las decisiones que hacen a la vida individual y pública, a los destinos de la pólis, a la relación con los otros estados helénicos o extranjeros, a la religión, a la cultura, a las finanzas...: en una palabra, al gobierno de la ciudad-estado. Este cambio de actitud puso en un primer plano las nociones de justicia y de derecho. Al respecto nos dice Jaeger:
El ciudadano debía conocer las leyes de la ciudad, que codificaban por una parte los derechos de la pólis como aquello común que todos poseían y a la que todos pertenecían -la patria-, y por otra parte los derechos de sus habitantes, cuya libertad y bienestar debían garantizar. Debía no sólo conocerlas, sino también obedecerlas: solamente así era "justo". Y estamos ante una nueva areté, una nueva excelencia diferente de lo que había sido la areté en el mundo homérico: la excelencia que el hombre ahora debe realizar es la justicia, encarnada por un nuevo tipo de hombre: el ciudadano perfecto. Pero como esta justicia cuyo cumplimiento hace del hombre un ciudadano perfecto está en función de las leyes de la pólis, es tarea de cada estado velar por la formación de un tipo de hombre determinado, específico, propio de dicha ciudad, marcado con su sello. La ley se presenta como la norma educativa, siendo el estado el educador. Sin embargo, esta realidad difiere de la aparentemente similar espartana. En efecto: los requerimientos de la pólis ateniense no son sólo militares, sino que abarcan lo cultural (de una inmensa riqueza por entonces), lo económico, la diplomacia, en una palabra, toda la gama de actividades que hacen a la vida de un estado próspero; el hombre tiene, además de una vida política o cívica, una vida privada, propia. Y para ambas deberá proveerse de una formación adecuada, de idoneidad. En el caso de las necesidades de su vida particular, bastará a veces la destreza adquirida, o cierta habilidad natural, o la sagacidad (tratándose de artesanías, o del trabajo del campo, o del comercio); otras veces será preciso hablar de una educación integral (la filosofía, vastísimo campo del saber). Pero en el caso de la vida pública, siempre se necesitará una verdadera educación, aunque en ella puedan reconocerse diversos grados de profundidad, o de plenitud, según se trate de participar tan sólo de la Asamblea del Pueblo, o de aspirar a otros cargos públicos en la dirigencia de la pólis. En general, la educación, concebida como formación integral, sigue siendo -de hecho al menos- privilegio de los aristócratas, o de los ciudadanos más pudientes, que disponen del tiempo y del ocio necesarios para dedicárselos (en el caso de los jóvenes y de los adultos), y que valoran su eficacia en la formación del niño (en el caso de los padres con respecto a sus hijos). Prevalece en este ámbito el viejo ideal de la kalokagathía, de lo bello y lo bueno, digno de ser admirado e imitado: el modelo, el paradigma. En este ideal perviven elementos de la antigua concepción homérica, pero el tiempo no ha transcurrido en vano, y el contexto da otro contenido a los mismos términos. Así, bello sigue haciendo referencia a la belleza física, mas en ella no se destaca tanto la fuerza -que guarda relación directa con la confrontación bélica- sino la armonía, la proporción, que no excluyen el vigor físico tan apreciado en las competencias deportivas, pero que privilegian el equilibrio y hacen del cuerpo algo digno de contemplación. No olvidemos que en este siglo V la escultura, que tiene como tema preferido al hombre, alcanza una perfección hasta hoy inigualada. En cuanto a lo bueno, se trata de la moralidad de la conducta con sus tradicionales implicancias sociales y mundanas -que ponían el acento en la valoración de la actitud, o bien de los actos, por parte de los otros (en función de la honra, con su secuela de gloria y de fama)-, pero también aquí la bondad ahora está dada por la armonía, el equilibrio, la mesura: el criterio prevalente es estético, aunque el cultivo del intelecto ya se hace presente y se ve como importante, pues la sabiduría es quien da la medida o término medio entre los extremos de las pasiones (por exceso o por defecto), haciendo posible el equilibrio de la persona y la armonía en su conducta. También es oportuno recordar, en este contexto, la aparición, la extraordinaria vigencia y la acción educativa de las obras de teatro de Esquilo, Sófocles y Eurípides: una presentación estética del hombre y de sus pasiones, ponderando como propuesta la mesura de las mismas, para el equilibrio y la armonía del hombre y su obrar. El ciudadano perfecto supone un espíritu cultivado en un cuerpo desarrollado: estamos a un paso del "sabio", paradigma de los tiempos venideros. 2.2. Las instituciones En este siglo aparecen en Atenas las escuelas, locales públicos provistos por el Estado, donde enseñaban maestros particulares a grupos de alumnos, variables en cuanto al número. Esta enseñanza colectiva coexiste inicialmente con la educación llevada a cabo por un preceptor o ayo, pero poco a poco va sustituyéndola. 3. Las estapas en la educación Primera etapa Desde su nacimiento hasta los siete años, el niño quedaba en su casa, bajo los cuidados de su madre y, en los hogares más adinerados, también de una nodriza y de otras criadas que debían prestarle diversos servicios: lo entretenían, le inculcaban buenas costumbres en lo personal y en lo social, velaban por el aprendizaje del lenguaje y la correcta dicción, y con cantos y narraciones lo introducían en la tradición cultural de Atenas, y lo preparaban para la enseñanza de la música y de las letras. Además, el niño estaba junto a su madre en todas las fiestas familiares -y ya sabemos que su valor educativo era grande- y también la acompañaba a las ceremonias religiosas. Segunda etapa A partir de los siete años, el niño pasa a estar bajo la tutela del pedagogo, quien velará por sus costumbres y lo acompañará a las diversas escuelas, llevándole los útiles, defendiéndolo de cualquier peligro en las calles, e incluso asistiendo a las clases. La enseñanza más universalmente difundida es la de la lectura, escritura y cálculo, a cargo del gramatista o maestro (posteriormente tomó el título más genérico de didáskalos, docente). Es una instrucción de tipo elemental, necesaria para desempeñarse en la vida cotidiana hasta en los niveles más humildes, no sólo en razón de los oficios sino también en función de la participación en las instituciones políticas. El aprendizaje era arduo. Para la lectura, primero había que aprender de memoria el alfabeto, luego todas las posibles combinaciones en sílabas y finalmente en palabras, sin ahorrar dificultad. En la lectura expresiva se atendía a la cantidad de las sílabas y a la modulación de la voz. En cuanto a la escritura, su enseñanza guarda gran similitud con los métodos implementados en las escuelas de escribas. Los textos sobre los que se ejercitaban, para una y otra habilidad, eran siempre aquéllos recomendables por su contenido moral, por los modelos humanos ofrecidos y por las tradiciones y el patrimonio cultural que comunicaban: los poemas homéricos, Hesíodo, los poetas líricos (Píndaro, Teognis) y los trágicos (Esquilo, Sófocles, Eurípides). En cuanto a la enseñanza de los números, el sistema era semejante: los números estaban representados por las letras del alfabeto y combinaciones de los mismos. La educación física y la educación musical: se hallaban, de hecho, restringidas al joven aristócrata, y estaban en función de la kalokagathía que privilegiaba la medida, el equilibrio, la armonía. La educación física: si bien se tiene en cuenta la preparación para la guerra -a través de la práctica de los deportes tradicionales: carrera pedestre, lanzamiento del disco y de la jabalina, salto en largo, lucha y boxeo-, importa más el desarrollo armonioso del cuerpo, que deberá guardar proporción con un similar cultivo del espíritu, para la realización equilibrada del hombre. Lo físico ya no es sólo un medio, sino que forma parte del fin. El maestro es el paidotriba (maestro de gimnasia para los niños), y las clases se dan en la palestra, que es un campo de deportes. Durante el siglo V aparece el gimnasio, un edificio muy grande con múltiples dependencias (la palestra entre ellas, pero también el estadio o pista para las carreras, una sala para masajes, el vestíbulo donde se guardaban todos los implementos para la práctica de los diferentes deportes y donde los atletas se desnudaban, una piscina de agua fría donde se refrescaban después de los ejercicios), dirigido por el gimnasiarca, a quien se subordinaban el paidotriba y el gimnasta, generalmente un deportista retirado, que tenía a su cargo la ejercitación de los jóvenes y adultos. Tercera etapa En el gimnasio tiene lugar el entrenamiento militar del joven efebo -muchacho que ha cumplido los dieciocho años-, que dura dos años. Durante el primero, y luego de una ceremonia en la que se les cortaba el cabello y prestaban un triple juramento (de obediencia a las autoridades, de fidelidad a la religión de sus padres -que es la de la ciudad- y de lealtad para con sus camaradas en el campo de batalla), se instruían en la formación militar propiamente tal; durante el segundo año, hacían servicio militar en las fronteras. Pasados esos dos años, el joven asumía la plenitud de sus derechos cívicos, la participación conciente y activa en la vida de la pólis. La educación musical: era impartida por el citarista, el maestro de música, y
comprendía la música vocal e instrumental. Los instrumentos ejecutados eran habitualmente la lira, la cítara y la flauta; en cuanto
al canto, permitía el contacto primero con una formación literaria. Los poemas homéricos y las poesías líricas eran aprendidas de
memoria; sólo con estos conocimientos un joven podía desempeñar un buen papel en las reuniones de hombres, en los banquetes, y hasta
en su participación en las instituciones públicas. ¡Cuán oportuna podía ser una cita bien insertada, y a tiempo! Reemplazaba tal
vez todo un discurso, y hablaba bien de la formación de quien la había empleado. Por otra parte, esta literatura servía también a
los propósitos de la formación moral, siendo las Elegías de Solón obra preferida al respecto, ya que hablaba de la moral ciudadana.
La educación musical, además, cumplió por entonces con la misión de contribuir a la armonía y al equilibrio preconizados por la
kalokagathía, no sólo en la inmediatez de sus contenidos, sino porque los distintos modos y ritmos iban templando el ánimo y
realizaban un trabajo en profundidad, que podríamos llamar "subconciente" o "subliminal". 4. Los sofistas como educadores En el siglo V a.C., y sobre todo en su segunda mitad, ha quedado asentada una realidad: el habitante de Grecia (y específicamente de Atenas, a la que estamos refiriéndonos) es un ciudadano, un hombre de la pólis o ciudad-estado, que participa de su gobierno -a través de sus diversas instituciones-, y se interesa por la cosa pública, la republica, la vida política o de la pólis. Ello supone una educación cívica que en la mayoría de los casos, se limitará a proporcionar el conocimiento de las disposiciones del Estado y formará en la obediencia a las mismas, aunque queda como posible su cuestionamiento -e incluso su modificación, anulación y la hechura de otras nuevas- a través de los organismos correspondientes. Tal será la formación que reciba el ciudadano corriente. Pero en otros casos, se tratará de formar al futuro gobernante, al hombre de Estado que deberá regir la pólis, y esto en una época sumamente difícil: por las confrontaciones externas (Guerras Médicas) e internas (Guerras del Peloponeso) con toda su secuela de pasiones desatadas, que deberán ordenarse según una nueva areté de carácter ético, pero en la que dominan los conceptos de armonía, proporción y equilibrio (y ello en lo público tanto como en lo privado); y porque el hombre con todas sus potencialidades y sus realizaciones pasa a un primer plano, dando origen a saberes y técnicas que lo hacen cada vez más consciente de sí y comienzan a independizarlo de los dioses -aunque sea implícita y calladamente-, entrando así a veces en conflicto con tradiciones y morales establecidas y vinculadas con la supervivencia de la ciudad-estado (caso "Sócrates"). Y la filosofía como el saber -que va haciéndose- acerca del mundo, del hombre, del
conocimiento y del obrar humanos, Estamos ahora, no ya ante la preocupación por el desarrollo del cuerpo, o ante el cultivo de una conducta adecuada, sino ante el interés por la vida del espíritu como razón especulativa y el discurso como su expresión propia. En ese contexto se dará la formación del político, del hombre público, del futuro gobernante, educación que estará a cargo de los sofistas, quienes despliegan su actividad en la segunda parte del siglo V. Jaeger hace notar que
Ante la compleja situación imperante, se hace necesaria la elección del gobernante adecuado, y para ello se requieren, por una parte, criterios que permitan un tal juicio; por otra, personas formadas para el cargo. Es un problema de educación: los alumnos serán los jóvenes aristócratas, deseosos de llegar un día a gobernar la pólis, y poseedores hoy del tiempo, los bienes de fortuna y las condiciones personales que sólo pueden otorgar la noble cuna, la tradición familiar y la posesión de tierras. Los maestros fueron los sofistas, quienes creyeron poder enseñar la areté política. 4.1. Los sofistas Al decir de Gomperz:
Eran maestros de enseñanza superior, la cual surge precisamente con ellos. Sus clases versaban sobre los temas más diversos, podríamos decir que no había especialización, sino más bien una cultura general, pero orientada hacia un objetivo específico: la formación del orador, pues el hombre político es el que tiene un juicio prudente, bien fundamentado y comunicado con oportunidad y de manera convincente. La enseñanza que impartían era colectiva, el curso duraba de tres a cuatro años, y era
pago, hecho que produjo un gran escándalo en su época. No existía tal costumbre, y los sofistas hubieron de procurarse alumnos en
esas condiciones por diversos medios, siendo el más común de ellos la exhibición publicitaria o conferencia -género literario del
que fueron creadores-, que ofrecían de ciudad en ciudad (eran maestros itinerantes), acompañados por los que ya eran sus alumnos. En su diálogo titulado, precisamente, Protágoras, Platón pone en boca de este sofista la presentación de sí mismo, de su profesión y de los fines propuestos:
Es muy interesante la reflexión que trae Jaeger sobre este punto:
4.2. Su enseñanza: los contenidos Suelen citarse, casi obligadamente, los estudios de gramática, dialéctica y retórica. Sobre la gramática, sabemos que su enseñanza fue muy importante, pero casi no han llegado escritos sobre el tema; no obstante, lo que se conoce de las otras dos disciplinas, y de otros estudios, permite afirmarlo. Por otra parte, los sofistas tuvieron una gran admiración por los poemas homéricos, a los que consideraron como una enciclopedia de todo el saber; también apreciaron a Píndaro, Teognis y Solón, y trabajaron escolarmente la poesía griega, buscando una comprensión didáctica de sus contenidos y de su forma. Hacían ejercicios comparando personajes, o imaginando sus reacciones, u otras variantes de los acontecimientos, ejercitando con ello no sólo el lenguaje, sino también la comprensión y la imaginación: la ejercitación del espíritu. En la literatura supieron hallar una erudición histórica, geográfica, de costumbres, y aun de ciencias. Escribieron (y se supone que enseñaron sobre ello) obras que trataban de la ortografía, de los sinónimos, las etimologías, la cantidad de las sílabas, los ritmos y la métrica. La dialéctica: podría llegar a definirse como "el arte de la discusión", y se refería fundamentalmente a la consideración de una cuestión desde dos puntos de vista antitéticos: se enseñaba a sostener con argumentación igualmente conducente el pro y el contra, y el objetivo era triunfar en cualquier discusión posible. Se conoce una obra de un posible discípulo de Protágoras, Los dobles discursos, que es un repertorio de opiniones contrapuestas de dos en dos, para atacarlas y para sostenerlas, según el requerimiento del maestro. Se hicieron leyes de la discusión, y del pensamiento, y se llegó a una erística o arte práctico de la discusión, en la que todo (lo que es válido y lo que no lo es, lo verdadero y lo mentiroso) parece tener el mismo valor, porque lo que importa es triunfar: perspectiva pragmática explicable, aunque no justificable, teniendo en cuenta que se trataba de la formación del político, del hombre que tenía que llegar al gobierno y al poder, y desde allí convencer para mandar. Tiempo más tarde, Aristóteles introducirá claridad en medio de tanta confusión, distinguiendo, clasificando y ordenando todo un material preexistente, proporcionado por los sofistas. La retórica: es "el arte de hablar", de persuadir mediante la palabra, y tenía una varias veces centenaria tradición en Grecia. Sin embargo, durante el siglo V su dominio se torna necesarísimo para el desempeño en las instituciones de gobierno. En esta disciplina sobresale Gorgias, quien así se refiere a ella, a su objeto y a su importancia:
Gorgias, al igual que los otros maestros, daba a su enseñanza un carácter teórico-práctico. Primero se enseñaban las reglas del discurso o, más bien, de los diversos tipos de discursos: forenses (del foro o de la justicia), panegíricos (de alabanza), conferencia (de muestra o propaganda), etc. Los temas podían ser de orden poético, moral (privada o pública), mitológico, educativo o político. Podía haber una exigencia interna lógica, o tratarse de una paradoja. A veces los maestros pronunciaban los discursos-modelo o paradigmáticos ante sus alumnos; otras veces los escribían, para que los estudiantes pudiesen disponer de ellos con más comodidad y tiempo. Los jóvenes debían luego componer sus propios discursos, a imitación de los de sus maestros. En cuanto al hallazgo de los temas, a la invención de los mismos, también los sofistas habían elaborado un método para extraer de un tema o de una causa, todas sus posibilidades, todos los temas susceptibles de un desarrollo convincente. Es más, habían hecho un repertorio de estos desarrollos que podían ser utilizados en diferentes ocasiones, porque eran desarrollos generales que versaban sobre temas de interés universal: lo justo y lo injusto, la justicia natural y las leyes convencionales, la obediencia y la desobediencia y sus circunstancias, etc. A éstos los denominaron lugares comunes, y los alumnos estaban suficientemente ejercitados en ellos como para tenerlos a su disposición toda vez que les fuera requerido. También fue importante la mnemotecnia, la ejercitación necesaria para que el joven
aprendiese de memoria su discurso. 4.3. La enseñanza moral La propuesta sofista era la enseñanza de la areté política. Pero no hubo sobre este punto coincidencia. Protágoras encaró la educación del hombre como la formación, también, de un miembro de la sociedad. Por ello, juntamente con la formación del espíritu nutrido por contenidos objetivos, consideró su ejercitación formal atendiendo a la estructuración del entendimiento y del lenguaje, e incorporó la poesía y la música como formadoras del alma, enraizadas en la política y en la ética. De esta manera, la formación espiritual queda inserta en la formación de la areté humana, que es siempre una areté política, puesto que el hombre no puede ser tomado sino como ciudadano de una pólis, y signado por sus leyes: tradición, ética, justicia como excelencia o perfección cívica, son susceptibles de ser enseñadas, la virtud es una ciencia y la respuesta de Protágoras es positiva.
No sucede lo mismo con Gorgias. Partiendo de su posición escéptica generalizada, no concede valor ético normativo a las leyes de la pólis, no hay indicación objetiva de bien o de mal, de justo o de injusto, y todo es según la situación y conveniencia de cada uno: relativismo y subjetivismo moral que hacen imposible hablar de areté, y muchos menos encarar el tema de su enseñanza. Distingue y opone naturaleza y ley, haciendo lo mismo con los criterios normativos que, acerca del obrar humano, de ellas se desprenden. Bien lo expresa Callicles sosteniendo la posición de Gorgias, en el diálogo platónico que lleva el nombre de este último, precisamente.
No obstante, no descarta la existencia de hombres virtuosos; pero lo son, no por haber sido enseñados por alguien, sino por inspiración divino, como don de los dioses; se trata de un talento, como el talento artístico, o el de la palabra. 4.4. El concepto de cultura Es éste, juntamente con su oficio de maestros que se sabían tales, su reflexión sobre el hecho mismo de la educación, y su concepción de una educación superior, uno de los legados más importantes de los sofistas. Dicho con palabras de Jaeger:
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