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Sobre la retórica judicial de Lisias
Contenidos: I. Introducción. II. Vida de Lisias. III. La obra de Lisias I. Introducción La palabra tuvo un valor prominente en la cultura griega, que fue durante mucho tiempo cultura oral. Ya los griegos de la época oscura y arcaica la convirtieron en una divinidad, o en un don de ella, como se aprecia en los cantos épicos que pasaban oralmente de una a otra generación. Los varios géneros de literatura oral sólo gradualmente adquirieron forma escrita, a pesar de que hacía varios cientos de años que se contaba con el alfabeto que los fenicios introdujeron en Grecia. Sin embargo, cuando la literatura oral se volvió literatura escrita, el discurso no perdió su significado especial, ni en la forma ni en la sustancia. Así lo encontramos en pasajes no especialmente oratorios, como los Idilios de Teócrito o en el drama. El discurso se volvió imprescindible en la obra de los historiadores (Heródoto, Tucídides y Jenofonte), y está presente incluso en las obras filosóficas que, a menudo, se valen de la oratoria ya para exponer noticias opuestas por medio del diálogo, ya para instaurar un método lógico, como hicieron los sofistas. Nos parece interesante apuntar el carácter aristocrático de la oratoria en Homero, pues los reyes, los héroes y los dioses, son los únicos representantes del bien decir. Esta cualidad se incluía en el famoso prototipo de la areté. El arte de hablar con propiedad requiere que se consideren con atención los términos de relación entre los cuales se mueve y se desarrolla el discurso. Esta relación de la persona que habla y la que escucha se da en la época clásica por la conjugación de la evolución filosófica, política y literaria del pueblo griego. Surge entonces el hablar bien como una exigencia de la educación de la vida colectiva de los ciudadanos. El cambio político de Grecia, que culminó en Atenas con las reformas de Pericles, exigió una mayor participación de los ciudadanos en la administración del Estado. Debían intervenir en el sistema político y judicial como orador que proponía medidas políticas referentes al bien del Estado, ya como acusador o como juez que impartía justicia. Se hizo necesario entonces cambiar la forma de los discursos, que representaban el instrumento práctico esencial del sistema político-democrático. Se aprovechó fundamentalmente la técnica de los maestros sicilianos quienes, de hecho, sentaron las bases de la retórica en Grecia. Corax y Tisias marcaron la división del discurso en partes: proemio, narración, discusión y epílogo. En muchos casos también se incluía el llamado "argumento de probabilidad", la presentación de un asunto se estudiaba desde dos puntos de vista: el del que acusaba y el del que se defendía. Un recurso relativamente nuevo fue el aprender de memoria los "lugares comunes", con lo que se eliminaba el elemento improvisado. Cuando hacia el año 427 a. C. Gorgias de Leontino fue nombrado embajador en Atenas, se conoció y se apreció en toda el Ática la retórica siciliana. Los sofistas acogieron los instrumentos teóricos de los rétores sicilianos y les dieron una finalidad trascendente: la educación de los ciudadanos. Aunque en teoría todos los ciudadanos tenían la posibilidad de incrementar su aptitud intelectual y oratoria, en la práctica los sofistas podían formar sólo a los futuros caudillos del imperio ateniense, a aquellos cuyas dotes naturales y condiciones familiares y económicas les permitieran alcanzar los puestos más elevados en la administración del Estado. Uno de los ejemplos más claros es la figura de Pericles. Indudablemente la labor de los sofistas permitió que la oratoria llegara a su madurez. Con su empeño por mejorar el lenguaje, hicieron que la composición y el estilo de los discursos, ya orgánicamente articulados, reflejara tendencias poéticas y rítmicas que se esbozaban ya, por cierto, en la oratoria de Pericles. Gorgias está más preocupado por la forma que por el contenido, que carece muchas veces de un pensamiento moral que lo justifique. La falta de preocupación moral mostrada por muchos sofistas fue lo que atrajo el juicio negativo que sobre ellos poseemos actualmente, y que se debe sobre todo a las opiniones de Aristófanes, Platón y Aristóteles. Los manuales de los sofistas están relacionados, sobre todo, con la oratoria judicial. Pero el juicio de Tucídides sobre los discursos u oraciones fúnebres señala una tradición largamente establecida y sobre todo ejercida durante la Guerra del Peloponeso. Es la oratoria epidíctica o demostrativa. Desgraciadamente los oradores no dejaron por escrito sus obras, pues temían ser considerados sofistas si publicaban sus discursos. En consecuencia el género judicial era el que tenía mayor atención por parte de los maestros. Ello dio por resultado el surgimiento de una clase con una profesión determinada, el logógrafo, buen conocedor de las técnicas retóricas y las leyes. La gran mayoría de los oradores del canon ático pertenecieron a la categoría de logógrafos. Lisias, como veremos, destacó ampliamente por su fácil caracterización de personajes, que lo llevó a ser considerado prototipo en su oficio. Demóstenes practicó la logografía, aunque su fama se debe, más bien, a la oratoria epidíctica que a la de género judicial. Hemos analizado que la oratoria llega a su madurez con el proceso democrático, que fue fuente de sus diversas manifestaciones. En el siglo IV los oradores empiezan a publicar los discursos o los reelaboran y publican después de pronunciarlos, como sucede con Demóstenes. La oratoria de este siglo tiene sobre todo como inspiración el marco hitórico-político que la surte de una efervescencia tal que le confiere una fuerza y una grandeza difíciles de alcanzar posteriormente. Debido a esto la oratoria ática llega a su madurez, como lo demuestran con su obra Demóstenes y Esquines. Cuando faltó la inspiración de la patria y la libertad, la oratoria empezó a detener su camino: los temas resultaban inapropiados y el estilo aún más. La ausencia de confrontaciones en la Asamblea, a consecuencia de la invasión macedónica, acabó con la democracia en Grecia. A partir del siglo III la elocuencia griega queda como un género meramente demostrativo, de aparato, una elocuencia de escuela que tendía a imitar a los autores considerados clásicos y que restringía la creación literaria con la implantación de una serie de reglas demasiado rígidas y formales. Solamente con el cristianismo volvieron a ofrecerse para la oratoria en lengua griega contenidos e ideales por los cuales luchar. II. Vida de Lisias Por Platón en la República sabemos que los hermanos y el padre de Lisias eran miembros de la aristocracia política e intelectual de Atenas, en un ambiente de distinción y cultura. Parece ser que su padre era de origen siciliano. En cuanto a Lisias no conocemos con precisión ni la fecha ni el lugar de su
nacimiento, entre el 459 y el 444 a. C. Intervino allí en política a favor del partido filoateniense, y al regreso de la oligarquía fue expulsado de Turios entre trescientos ciudadanos que fomentaban la democracia. Regresó a Atenas y llevó una vida estable gozando de riquezas y bienes considerables. Su condición de "isoteles" le permitía tener propiedades. Huyó a Megara durante el período de los Treinta y, cuando se restauró el
gobierno democrático, privado de su patrimonio, empezó a trabajar para mantenerse. Creó una escuela de retórica, pero pronto
abandonó la enseñanza para dedicarse a la profesión de logógrafo. Según la tradición reseñada por Dionisio de Halicarnaso, la obra de Lisias incluye:
Sus discursos son, en primer lugar, fuente para el conocimiento de las costumbres atenienses. En su calidad de logógrafo, Lisias servía a todo tipo de clientes y por ello se le ha acusado de oportunista, pues escribía indistintamente para defender una causa de parte oligárquica o bien de una parte democrática. Sin embargo es evidente que las simpatías de nuestro autor se dirigían hacia la causa demócrata por la que tanto luchó durante su vida, y que si aceptó escribir para clientes de otras tendencias, esto no debió representar para él una traición a una causa a la que, por otra parte, no tenía por qué estar ligado, pues no era político de carrera sino mero simpatizante. Lisias convirtió a sus clientes en caracteres humanos clasificables simples, más enriquecidos y estilizados en la comedia de Menandro. Fumarola lo consideraba por eso precursor de la novela que se vale de la narrativa, a base de frases cortas, expresivas, dramáticas. Literariamente, Lisias tiene un valor insuperable por esa caracterización especial de los clientes, lo que los antiguos llamaron etopeya, que se logra presentando al cliente con una determinada manifestación de orgullo, simpleza y tontería. Muchos han criticado a Lisias por esta manera de presentación. Consideran indigno que Lisias diera a sus clientes un falso aspecto para ocultar los hechos verdaderos. Pero este verter algo del carácter del que habla en las oraciones resultaba un medio importante de prueba y refutación que trataba de disimular el mal efecto que se podía dar ante los jueces, cuya buena voluntad se pretendía alcanzar, presentando una variación de personalidades. Encontró en este peculiar arte de la caracterización un excelente medio para triunfar que, combinado con la adaptación del discurso a las circunstancias de edad, ocupación, etc., del orador, y de la causa al tipo de jurado, lo consagró como invencible ante los tribunales. Supo conferir al orador un aire moderado, razonable, y muchas veces ingenuo y
tímido que lo hace digno del interés del tribunal. Esto combinado con una hábil argumentación, logra siempre hacer aparecer lo peor
como lo mejor. El artificio sólo se evidencia mediante una lectura cuidadosa y crítica que no estaba al alcance de los jueces en los
tribunales. Así pues el mérito de Lisias está tanto en la facultad de descubrir los argumentos disponibles para cualquier circunstancia, como en la manera de arreglarlos en el discurso. Y es en esa disposición simple y uniforme, en lo que nuestro autor se distingue de todos los oradores del canon ático. Lisias dividió sus discursos generalmente en cuatro partes:
Diríamos que la impresión que da un discurso de Lisias es la de un conjunto sobrio, uniforme, carente de artificios retóricos, por lo demás tan artísticamente aprovechados, que dan una visión unitaria y simple de pensamiento y expresión; cualidades éstas que logra por su dominio del lenguaje. Lo maneja de tal forma que es capaz de expresar con propiedad la idea más compleja mediante el empleo de palabras adecuadas. Este empleo del lenguaje le valió la consideración como paradigma de expresión pura, el canon insuperable del lenguaje ático en boga. Y su influencia fue tal, que su estilo simple llegó a ser usado por todos los escritores de la "eclesia" o los tribunales. Su estilo magistral, cuyas virtudes esenciales son la pureza el discurso, la elegancia, la claridad de exposición y la vivacidad en la presentación de acontecimientos y personas, lo hicieron representante del "tenue discendi genus". Aprovechó inmejorablemente la experiencia literaria de Heródoto, Tucídices, Gorgias y Antifonte, evitando los excesos de aquellos e imitando sus aciertos. Él trajo el lenguaje diario a una más íntima relación que la que había tenido jamás con el lenguaje literario, y puso el primer ejemplo de elegancia perfecta unida a la sencillez, cualidades que lo mantienen como inmortal entre los oradores griegos de la época clásica. Notas: |