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Maestros Innovadores. Educación, Política y Persuasión en
los Sofistas Después de dos años de intenso trabajo sobre el tema, no exento eso sí de una cierta cuota de placer intelectual, Ricardo López nos entrega Maestros Innovadores. Educación, Política y Persuasión en los Sofistas. Con este libro cl autor vuelve a sus fueros más filosóficos tras deambular, con cierto éxito, por los senderos de la teoría de la comunicación y la creatividad, entre otros. El libro de López, aunque trata de asuntos complejos, se deja leer con facilidad. A ello contribuye sobremanera el que esté escrito limpiamente y sin abusar de los conceptos y que se vayan exponiendo las cadenas argumentales con estilo ameno. Tampoco se cae en confusiones. sean estas de interpretaciones o producidas por códigos de lenguaje demasiado especializados. En el primer capítulo, La primera generación de sofistas, queda claro que los sofistas fueron los primeros maestros de sabiduría en Occidente y que gozaron de gran prestigio antes del ascenso de Platón a los primeros planos de la filosofía helénica. Los sofistas, por otra parte, suscitan nuestro afecto pues tienen el aura de los marginados, de los incomprendidos, de los perdedores en las disputas entre el saber y el poder. La obra rompe el prejuicio y los innombrables son rescatados de las oquedades de las catacumbas a las que fueron arrojados por el conocimiento oficial. Aunque el segundo capítulo se titule Los sofistas entre dos guerras, y se presente un encuadre histórico de guerras contra los persas, guerras civiles y tiranía, el énfasis está puesto, nos parece, en la temprana institucionalización en Atenas de la educación, del intelectual y, más genéricamente, del profesional. Es interesante considerar el carácter público de las enseñanzas de la sofística, al revés de las sectas pitagóricas cuyo carácter era secreto y sus saberes estaban disponibles sólo para los iniciados. Los sofistas, como profesionales, cobraban por sus servicios y son los precursores de quienes han optado por vivir de su intelecto Ello va a llegar a ser objeto de censura, sobre todo por Aristóteles, para quien la filosofía es actividad de la élite, ya como practicantes o bien como aprendices de ella. También queda de manifiesto la libertad individual de estos pensadores (lo que les acarreó la acusación de impíos) puesto que, aunque eran asalariados, no eran funcionarios de la polis. En el capítulo Los nuevos maestros de Grecia -una extensión impropia pues se trata de un movimiento propiamente ateniense-, se procede a rehabilitar la figura del sofista basándose en Hegel. Son los sofistas quienes saltan desde la poética de los rapsodas, como Homero, a la reflexión indagativa racional. Se trata quizás de la primera ilustración occidental. En este periodo de secularización -que López argumenta simultánea y paradojalmente con referencias a Hegel y a Popper (recuérdese la animadversión de éste por aquel)- surge el libro y un mercado de lectores hecho crucial que reforzará lo secular e inaugurará la primacía de la racionalidad. Casi a vuela pluma y redondamente redactado, es el ensayo La educación y la política. Lleno de datos y densamente sugerente en posibilidades para el presente. Los griegos nos iluminan todavía. Los sofistas habrían creado la educación como actividad consciente distinta de la mera socialización, el paso desde la formación moral al desarrollo intelectual y corporal, esto es, con un grado de formalidad, y así está argumentado por el sofista Antifón. Con las ideas de López desprendemos nosotros un paralelo: los períodos de grandeza de la educación, en que ésta puede desplegar todas sus posibilidades, ocurren cuando los hombres son formados para la ciudadanía, (la concepción social de la educación el autor la hace desprender de la fábula sobre Epimeteo y Prometeo, tal como aparece en el Protágoras de Platón). En Chile ocurrió lo mismo, la 'edad de oro de la educación', es aquella en que la pedagogía se construye como profesión respetada y valorada al comprometerse con la construcción de Estado nacional. En ambos casos de trata de educación para las virtudes cívicas. La defensa de la epistemología sofistica es el capítulo que más nos compromete en lo afectivo. Sin decirlo, López desenmascara la impostura de Platón en el sentido de que los sofistas 'despreciaban la verdad' y ofrecían sólo 'creencias sin fundamento y sin ciencia'. No es posible resumir aquí el capítulo Una propuesta epistemológica; no obstante, en él se recupera la importancia de la calidad de los argumentos y de la reflexión, lo determinante que puede ser el contexto, el valor de la inteligencia y, en última instancia, las infinitas posibilidades de la deducción racional (tal como lo afirma Hegel) y de las posibilidades intelectuales de la autoconciencia. Creemos que la respuesta va por otro carril y es la que Ricardo López ubica en el Apéndice Uno: los sofistas, especialmente Protágoras, fueron quizás si los primeros constructivistas. Por esto el encono de Platón, ya que una realidad así concebida no guarda ninguna relación con su teoría de las formas, ideas primeras e inmutables, fuente de la auténtica, verdadera y única realidad. En el capítulo se hace patente la oposición 'el hombre como medida de todas las cosas ', versus la platónica sentencia. En los tres ensayos finales (y cuando decimos ensayos no le estamos negando la unidad de la obra, sino a que hemos sido testigos de la evolución reflexiva del autor y de cómo sus preocupaciones diversas confluyen en un único caudal intelectual) hay una vuelta a las preocupaciones psicológico sociales. En efecto, los sofistas están usados como ilustraciones o casos ejemplares de las minorías activas o de maestros de la persuasión. Se sigue de cerca a Moscovici en el modo como se ha abordado el tema; así se afirma que fue la retórica, rasgo propio de sus conductas, la que innovó en su medio social y sirvió para afianzar en su momento a la democracia ateniense; la retórica habría permitido la participación y la inclusión de más ciudadanos. El arte de la retórica fue la clave de la importancia alcanzada en un momento por los sofistas antes que esta se banalizara en manos de la segunda generación de sofistas (en esto López sigue a Gómez Lasa) y debido también al desarrollo de nuevas artes como la lógica o la dialéctica. En ello vemos la vinculación de la condición de minoría activa y persuasión con la democracia, en todo caso nos parece que el séptimo capítulo Los sofistas y la democracia merece un tratamiento aparte, particularmente en lo que se refiere a pormenorizar las relaciones de Pericles con la sofística. Ricardo López, en todo caso, sigue en deuda. Ignoramos hasta dónde pueda ahondar en esta especie de arqueología filosófica, pero nos abrió el apetito intelectual y esperamos nuevas entregas. No cabe duda que los sofistas fueron pioneros en muchas cosas de extraordinaria actualidad, y López los redescubrió con brillo para nosotros. No podemos finalizar sin consignar lo siguiente: para nosotros los legos, el aura de prestigio de la filosofía reposa, en buena medida, en lo ampuloso, lo farragoso y seco de su lenguaje. El autor del libro que comentamos es un Licenciado en Filosofía que ha sabido ponerle pasión y hacer asequibles temas que nos estaban vedados. Rodrigo Larrain C. |